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Mi despedida de soltera
La fiesta había terminado. Yo me quedaba sola en mi casa pues mis papás se fueron para dejarme disfrutar de la fiesta. Estaba muy excitada después del show que dieron esos hombres pues no quise que me cogieran entre cuatro machotes así que me dispuse a darme placer con mi consolador en la cama. Me desnudé, dejando al aire libre mis atributos, me recosté e introduje el consolador en mi vagina, que estaba bien mojada y lubricada. Comencé el mete y saca de ese miembro duro y frío. Bueno, peor era nada. De pronto sonó el teléfono. Yo no quería contestar pero era muy insistente así que decidí cogerlo y, con voz entrecortada, pregunté quién era. Una voz me dijo: "Te estamos viendo". Yo me quedé sin habla y vi que las cortinas estaban abiertas y mi vecino de enfrente y uno de sus amigos me miraban. Así que les dije: - Pues no me dejen sola -y colgué.
A los 2 minutos tocaron a mi puerta. Eran ellos. Fui a abrirles y, sin decir palabra, entraron sin quitarme la mirada de encima. Subimos a mi dormitorio, rompí el silencio y les dije: - Y, bueno, ¿que sólo me mirarán?
Mi vecino se abalanzó sobre mí, besándome con lujuria. Su lengua tocaba mi garganta. Su amigo se quitó la ropa muy deprisa. Después mi vecino me empujó contra Roberto para que él se pudiera quitar la ropa. Roberto, sin titubear, me tomó entre sus brazos y tocó todo mi cuerpo con sus manos. Yo lo besaba y acariciaba su miembro que estaba muy gordo y duro. Después, Carlos, mi vecino me acarició el culo. Roberto comenzó a lamer mis senos poniéndome a mil. Yo sólo gemía de placer.
Carlos bajó por mi espalda sin despegar su boca y llegó hasta mis nalgas. Me dijo que me empinara para que pudiera saborear mi culo. Yo le obedecí y, cuando me empiné, quedé frente a la verga de Roberto, la cual comencé a chupar. Era deliciosa, gorda y muy dura.
Carlos no dejaba de comerme el culo y yo sentía que me corría. No lo pude contener. Mi vagina destilaba fluidos sin cesar a los pocos segundos. Roberto se vino en mi boca y yo no dejé que se me escapara ni una gota de su preciado semen.
Carlos me dijo entonces "abre más las piernas para poder penetrarte, que me quiero correr en tus nalgas". Yo, sin decir palabra, acepté. Apuntó y, de un sólo empujón, se abrió camino dentro de mí sin dar tiempo a que mi vagina se acostumbrara a su verga. Yo pegué un gran grito de dolor y placer. Él me tomó por las tetas, las apretó con fuerza y comenzó a moverse con suavidad. Su pene entraba y salía dándome placer.
Mientras Roberto se recuperaba, Carlos comenzó a moverse más y más rápido. Yo no me contuve y me corrí de nuevo. No lo podía creer. Carlos sacó su verga antes de correrse y descargó su semen en mi espalda y nalgas. Era demasiado y muy caliente.
Nos recostamos a reposar un rato mientras ellos se recuperaban. Durante ese tiempo de espera sólo me tocaban y yo los besaba. Al poco rato sus vergas estaban bien duras otra vez. Roberto me dijo "móntame". Yo lo monté y puse su miembro en mi vagina, pero era más grande y gruesa que la de Carlos así que lo quería hacer lentamente. Pero Carlos me tomó de los hombros y me impulsó hacia abajo, logrando que de un sólo movimiento me tragara la verga de Roberto. Yo no pude ni gritar. El dolor me inundó y sentí que me partía en dos. Me quedé quieta por unos segundos mientras recuperaba la respiración y, cuando pude, grité, pero ya no era de dolor sino de placer. Mi vagina se había amoldado a su verga y comencé a subir y bajar.
Después Carlos me montó, ensalivó su verga y apuntó a mi tierno ano. Suavemente me penetró. Era fenomenal tener dos vergas para mí solita. Entraban y salían al mismo tiempo y yo sólo gritaba de placer.
Luego Roberto dijo "quiero sentir tu ano", y Carlos se desconectó de mí. Yo me saqué el miembro de Roberto, me puse boca arriba y dejé que me penetrara lentamente por el ano. Mientras, Carlos me daba su verga para que la chupara. Yo, por mi parte, me introducía el consolador por mi raja. Sentía que volaba y veía la Luna. No lo pude evitar y me vine. A los pocos segundos, Roberto se corría dentro de mi ano, llenándolo de placer, Carlos tampoco se pudo contener y se vino en mi cara.
Yo quedé exhausta. Lamí la verga de cada uno para limpiarlas. Ambos se llevaron un beso mío pero se me ocurrió algo y, antes de que se fueran, corrí a mi cuarto, tomé dos toallas femeninas y dos pantaletas. En cada toalla femenina puse un beso marcado con mi lapiz labial. Bajé rápidamente, coloqué las toallas en cada pantaleta y, con una pluma, les escribí la dirección de mi nueva casa. Después les dije que me dedearan para correrme por última vez y ellos accedieron. En pocos minutos me corrí y, con las toallas, sequé mis jugos. A cada uno le di una pantaleta con mi aroma. Desde ese día, una vez a la semana me visitan.

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