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Rosas y boleros
La conocí a mis treinta y ocho años, vividos entre algunas comodidades, muchos libros y una que otra necesidad. Sus pies fueron lo que primero atrajo mi atención. Eran pequeños, casi infantiles, y llenaron mis fantasías con miles de imágenes. Los vi calzados con sandalias sin tacón y alimenté con ellos uno de mis más viejos fetichismos. Los soñé descalzos, en mis manos, acercándolos a mi cara, oliéndolos delicadamente, besándolos con suavidad, lamiéndolos con ardor y chupándolos con pasión. Me los imaginé con medias pantalón color humo, rozando mis ingles y mi vientre antes de atrapar mi verga y masajearla con la seda que los enfundaba, haciéndola crecer despacio y placenteramente, al tiempo que las piernas torneaditas, llenas y sensuales me ofrecían un espectáculo erótico bajo la minifalda de cuero negro, totalmente apretada y levantada a medio muslo. Cuando logré despertar, separé mis ojos de sus pies y ascendí lenta y apreciativamente por sus pantalones de terciopelo negro, ceñidos a tal grado que revelaban el contorno grácil de las piernas y la excitante forma de sus caderas. Su culo, redondo, bien proporcionado y firme, formaba dos sugestivas líneas curvas donde las nalgas y los muslos se unían. Luego observé su torso y pasé saliva ante el bamboleo casi obsceno del par de tetas más hermosas que nunca hubiera visto. Aún disimuladas tras los pliegues de una blusa amplia y suelta, se adivinaban tibias, fragantes, suculentas, inmensas. Pensé en Pablo Neruda: "Mujer, yo hubiera sido tu hijo por beberme la leche de tus senos como de un manantial". Y luego vi la boca, menuda, armoniosa y con labios gordezuelos curvados en una sonrisa que prometía placeres deliciosos. Mi verga dio un respingo al imaginarse una mamada de semejante boca. Y entonces vi los ojos, negros y brillantes, mirándome con maliciosa expectativa, como diciéndome: "Sé muy bien lo que estás pensando. ¡A ver por donde empiezas!" .
Empecé por las orejas. Semanas después de haberla conocido le compré unos aretes hindúes de azabache engastados en plata de filigrana artesanal, bonitos pero sobrios. Aproveché la primera oportunidad para ponerlos en su mano y para pedirle una cita. Quedamos de vernos el siguiente viernes, cuatro de octubre, tras el trabajo. Una hora después la vi con los aretes puestos y una sonrisa de promisoria complicidad en esos labios, dueños de la medida exacta de mis orgasmos.
Llegó el viernes y las horas pasaron lentamente hasta que terminó la jornada de trabajo y salimos, cada uno por su lado. Nos encontramos en el lugar y hora convenidos y fuimos a comer. Comida mejicana, picante y excitante, regada con tequila y "sangrita". Luego nos fuimos a un bar, a escuchar boleros románticos y conversar mientras bebíamos ron con soda, en las rocas. Le conté de mi vida y escuché de la suya. Vivencias inconclusas y tristes llenaron la conversación de confesiones.
Más tarde, al calor de los rones las inhibiciones fueron desapareciendo y sin saber cómo me zafé un zapato y puse mi pie sobre los suyos, esos pies con los que tántas fantasías había tejido. Con incrédulo gusto la sentí separar las piernas y correr su pie - también descalzo - por mi pierna, subiendo por mi muslo hasta plantarlo sobre mi bragueta. Su rostro estaba congestionado de excitación y no me hice de rogar cuando me dijo en un susurro ronco y lleno de deseo :"¡ Sácame de aquí ! ¡ Llévame a donde quieras !". Recogimos la rosa que el bar obsequiaba a su clientela femenina, y salimos a una Bogotá que parecía cada vez menos fría.
Fuimos a un hotelito de parejas. Ella entró al baño para cumplir con los misteriosos rituales que deben preceder a una entrega. Al salir, la blusa, suelta, le caía sobre las piernas, tan sensuales como yo las había imaginado. Curiosamente, tenía medias pantalón color humo, como en mis fantasías. Me quité la camisa y los pantalones mientras ella se sentaba en la cama para encender un cigarrillo. Le pedí que se pusiera de pié en la cama para verla bien, y supe que mi voyeurismo estaba correspondido por su exhibicionismo. Al verla allí, de pie, con las piernas separadas, mi verga empezó a pulsar. Me despojé de mis calzoncillos y me agarré la tranca con la mano derecha mientras que con la izquierda le acaricié los tobillos, las pantorrillas y los muslos. Sólo me detuve hasta llegar a juguetear con las preciosas líneas que había bajo sus nalgas. Desenrollé sus medias y su prenda íntima hacia abajo. Ella ayudó con un par de pataditas a que sus ropas cayeran al suelo. Al voltearse despacio, en un acto de clara provocación, me llegó el aroma de su raja enrojecida y dilatada, húmeda y deseosa de mis caricias.
Se recostó en la cama con las piernas abiertas. Pude gozar de sus boscosas ingles y me lancé de cabeza sobre el velludo triángulo que había entre ellas. Olía a hembra caliente y me empapó la cara con sus jugos mientras mis mi lengua jugaba con su chocha y mis labios se deleitaban con su enorme clítoris, enfurecido de pasión. Mamé su cuca con deleite, sintiéndola temblar bajo mi ataque. Puse la lengua en punta y recorrí la sensible piel que había entre su ardiente vagina y el ojito inocente de su culo, mientras me preguntaba cuándo podría desflorarlo. Colocando mis manos en sus nalgas, atraje sus caderas a mi rostro y, cuando hundí la lengua hasta donde pude en su vagina, gritó, abrazando mi cabeza con sus muslos y clavando sus uñas en mi espalda mientras se venía en un clímax profundo e interminable.
El hielo estaba roto y me tendí a su lado. Empecé a desabotonarle la blusa y me quedé extasiado ante sus primorosos melones, de grandes areolas y pezones pequeños. Me dijo que jugara con ellos y yo los cubrí con mis manos, los amasé, me los llevé a los labios aún cubiertos de sus jugos y le ensalivé los pezoncitos, para luego mamar uno de ellos mientras con las manos libres le apretaba la otra teta y le pellizcaba la puntita del pezón, haciéndola gemir de placer. Me encantó meter la cara en el valle profundo que había entre ambos senos y empecé a imaginar la delicia de untárselos con aceite o crema humectante, meter mi verga entre ellos y pedirle que los juntara con las manos para que yp pudiera deslizarme entre ellos yhasta derramar mi leche sobre sus tetas y su cara.
Al tomar un respiro, ella se inclinó sobre mí y con sus manos, diminutas y muy blancas, apartó mis vellos y recorrió mi verga de arriba a abajo. Tomó mis testículos suavemente, apretándolos y arañándolos levemente con sus uñas y se tragó mi verga entera, moviendo la cabeza con un ritmo enloquecedor mientras su lengua me daba latigazos y sus mejillas creaban una deliciosa succión. Tuve que contenerme para no acabar allí mismo y decidí darle otra dosis de placer para que no acabara con el mío.
Le separé los labios vaginales con los dedos y empecé a merodear por su vulva encharcada. Me pareció vulgar y tosco limitarme a darle dedo a quien me la acababa de mamar de manera tan rica, y tuve una inspiración repentina. Alcancé la rosa de la mesita de noche, le quité las espinas a su tallo y delicadamente introduje el capullo cerrado entre su cuca abierta y lubricada, para seguir con un vaivén acelerado, haciéndole una delirante paja floral. Se vino escandalosamente entre gritos y convulsiones que me dijeron cuan creativa y acertada había sido mi idea.
Pero ese clítoris gallardo y en pie de guerra todavía no había recibido lo suficiente, así que decidí juntar mi anhelo de volverla loca con las ganas de orinar que sentía en ese instante, y le pedí que se sentara en el inodoro, con las piernas abiertas y el clítoris en alto. A él apunté mi chorro, fuerte, caliente y largo. Pude ver, por su temblor, que su placer era grande, pero no llegó a venirse del todo.
Volvimos a la cama y con sus manos hábiles me puso la verga nuevamente en forma. Después de acariciarla con suavidad, le dió unas cuantas chupadas y lengüetazos que me estremecieron de arriba a abajo y, cambiando ágilmente de posición, se puso sobre mí, con las piernas abiertas a mis costados para arrodillarse y luego descender de golpe hasta clavarse mi pene entre la cuca, tan tibia y tan resbaladiza que me quedaba como un guante de carne hecho a la medida. Sus provocativas tetas quedaban a mi alcance y se las apreté, les di palmadas y las pellizqué mientras ella me cabalgaba con furor hasta que, mirándola a los ojos, le avisé que no aguantaba más y así, aprisionado por su chocha y bien agarrado de sus tetas, le solté un lechazo, y otro, y otro más, de semen caliente y abundante que su apretado túnel absorbió con avidez.
Sentirme eyacular dentro de su vagina la excitó enormemente y, con los últimos restos de mi erección y tres o cuatro movimientos más de sus sabrosas caderas alcanzó, entre gritos y gemidos, su tercer orgasmo, tras el cual se acostó sobre mi ofreciendo sus labios a mi boca.
Así, con las lenguas trenzadas, con sus brazos rodeándome, con mis manos acariciándole la espalda y el culo, con sus tetas en mi pecho y su ardiente cuca latina contrayéndose en increibles movimientos y contracciones que me ordeñaban la verga hacia arriba, nos quedamos dormidos con ese sueño fácil y confiado que tánto nos acerca a la verdadera plenitud.
Estos hechos ocurrieron en 1991. Hoy, a la vuelta del tercer milenio casi nada ha cambiado entre nosotros. Hemos descubierto el amor. Nuestro sexo es sólo una más de las muchas cosas que nos unen, pero ambos sabemos cuánto le debemos a esa noche de rosas y boleros que hemos querido compartir con ustedes a través de este relato verídico, al cual seguirán otros más.

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