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Equipo sucio al ataque
Llamadme Francisco, estando yo reunido no hace más de un año con dos amigos, Oscar y Alberto metidos en nuestras asuntos, propuso Oscar que al día siguiente saliéramos con unas extranjeras que conocía en la zona turística del Sur de Tenerife, aseguraba refocile y desparrame y vaya si lo hubo, en fin vayamos por partes, yo y sobre todo mi amigo Alberto no somos lo que se dice ligones, él suele decir que el año pasado no ligó nada y éste ligó el doble, nada de nada, aunque para mi sorpresa aceptó, y claro aunque de natural tímido yo también me vi obligado a aceptar por no quedar como el único monaguillo de la fiesta. Al día siguiente salimos, yo aproveché para comprar condones, cosa que le hizo mucha gracia a Oscar que aseguraba que ellas tendrían, luego resultó no ser así y todos mojamos gracias a mi previsión. Recordad amigos ponte el casco para echar un casquete. Yendo al grano, creo que hasta los preservativos se excitaron cuando vimos a las tres chavalas, al principio creí que era un error, pero no, eran tres irlandesas de aproximadamente 35 años, delgadas guapísimas y con ganas de marcha una de ellas Margareth me miró fijamente desde el principio, se notaba que era lo que deseaba, casualmente lo mismo que yo, y empezó la noche, tras algunas dudas mis compañeros encontraron acomodo con las otras dos Karen y Elizabeth, nos fuímos a la discoteca donde hablamos largo y tendido masacrando su idioma con soltura, (no hablaban ni jota de español) pero ahí estaba la mirada de Margareth diciendo que más que en la conversación se interesaba en otras cosas y así de vez en cuando me susurraba cosas al oído que no hace falta saber inglés para imaginárselas, finálmente pasó que tras un baile entre ella y Karen Margareth empezó a acariciarla en ciertos sitios y a reirse mientras nos miraba con mirada de deseo y anticipo de placeres que vendrían después, (imaginaos el estado de tanto macho ibérico a dieta forzosa desde hacía tiempo), yo me uní al baile a paso marcha y ellas parecieron agradecerlo, Margareth empezó a meterme mano, mientras toqueteaba mi paquete y me besaba en ciertas partes de mi cuerpo que hasta entonces no había sabido realmente que existían. Mientras todos los tíos de la discoteca nos miraban con envidia, lo que por supuesto me excitaba todavía más, el resto del grupo de unió al baile y tras unas horas en las que el vino corrió en abundancia, (yo tomé 4 ó 5 cubatas entre otras cosas, creo recordar)decidimos irnos al apartamento, no se que excusa pusimos porque la verdad no hacía falta ninguna, al poco de llegar Margareth se quitó el vestido, llevaba uno de esos preciosos vestidos rojos que dejan al descubierto el cuello y los hombros y terminan por encima de las rodillas, bastó un par de movimientos y el vestido había caído, estaba allí en medio de la habitación todavía no habían entrado todos y la puerta de entrada estaba abierta, no demostraba el más mínimo pudor o vergüenza (y no me extraña no había un centímetro de su piel del que avergonzarse), sus pechos no demasiado grandes pero erectos apuntaban hacia mí, su piel blanquísima y su cabello como pude comprobar en cuanto se deshizo de la molesta braguita roja a juego, era auténtico pelirrojo, una mata de pelo no demasiada poblada, (creo que se lo rapaba) solo le quedaban sus zapatos lo cual no dejaba mucho lugar a la imaginación, me acerqué a ella y empecé a besarla lentamente, como hay que hacer estas cosas, ella me quitó la camisa y me desabrochó los pantalones, las otras dos hicieron lo propio Karen con Alberto y Elizabeth con Oscar, yo me fuí con mi chica al dormitorio, (había dos) y no me preocupé más de lo que ocurría a mis amigos, hasta que entraron en la habitación en el momento en que empezaba a besarle en la entrepierna buscando entre jadeos de placer todo lo que una mujer puede ofrecer a un hombre. Imaginaos el cuadro los dos desnudos completamente en la cama y Oscar entra pidiéndome un preservativo con mirada de desesperación, Alberto se asomaba detrás de él con mirada implorante y ambos con una erección de aquí te espero, dudé si dárselos pues mientras iban a la farmacia me quedaría a solas con las tres, pero "amigos, para qué sino" acepté a compartirlos, y mi sorpresa fue en aumento las otras dos entraron en la habitación y se pronunciaron firmemente por quedarse allí, bueno las chicas mandan, pronto empezó el sexo puro ya sin más preliminares. Yo me concentraba en Margareth, pero de vez en cuando levantaba la vista para ver como Karen que era la que tenía los pechos más grandes montaba a Alberto como si fuera un potrillo a domar con sus pechos golpeando rítmicamente a compás de cada penetracion y lanzando gritos que ni en un rodeo. Cuando tras descubrir, besarnos y lamernos en todas las partes del cuerpo que se nos ocurrieron, sentí su vagina alrededor de mi pene, creí que aquello no iba a durar mucho más... craso error, cuando ella notaba que yo me iba a correr, paraba, y me lo alargaba un poquito más, yo a esas alturas ya me habría tirado hasta una mona, pero ella me retenía firmemente entre sus piernas sentada encima mía negándose a permitir que la cosa terminase demasiado pronto, Quizás porque las otras dos eran más apresuaradas, terminaron antes, y mientras Elizabeth se la chupaba a Oscar como punto final, Karen se acercó por detrás a Margie, (al final la llamé así), y empezó a besarla por la espalda mientras le acariciaba el culo, finalmente sacó mi poya de donde daba gusto estar y la empezó a chupar tras quitarme el preservativo, con una lengua que le daba un nuevo significado al término oratoria, Margie se dejó acariciar mientras tanto, pero tardó en darse cuenta de que Karen ya me tenía a punto, me corrí en su boca, ella continuó chupando hasta asegurarse de que no quedaba una gota mientras mi esperma le derramaba por los labios. Al despertar a la mañana siguiente lo primero que vi fueron dos pechos apuntando al cielo todavía erectos, eran los de Elizabeth, la que no había tocado la noche anterior, empezé a acariciar los pezones suavemente y éstos respondieron, no así su propietaria que me ordenó desconsideradamente que la dejase dormir, pensé que lo que no conseguía vencer la lujuria quizás lo consiguiese vencer la gula me vestí sin despertar a nadie y corría a comprar donuts y café en la cafetería de la esquina, tenía razón cuando volvía al cuarto desnudo y con la comida pensé que todas ellas debían hacer dieta rigurosa porque no se que miraron con más gula si a mi o a los donuts, Elizabeth puso uno de ellos en mi pene que para aquel entonces se encontraba triunfante apuntando al cielo y empezó a darle mordisquitos y lametones, pareció que era el inicio de una nueva juerga que nos corrimos los seis, ésta vez yo con Elizabeth. Ahora recordándolo creo que nunca un donut me sabrá igual.

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