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Sólo para conocernos
Ahí estaba, sentada a la mesa aguardando nerviosa la llegada de Fernando. Fuera de lo que el sentido común me recomendaba, finalmente había accedido a citarme, sólo para conocernos, con un amigo que había contactado a través de Internet. La ausencia de mi marido, en viaje de negocios, y la curiosidad por conocer a ese interesante cibernauta me habían convencido. Por sus correos, conocía sus preferencias en cuanto a la indumentaria femenina que más disfrutaba, por lo que llevé vestido rojo, corto, escotado, sin sostén, ajustado arriba y holgado abajo; medias con liguero, tacón alto, y un abrigo corto ideal para protegerme del frío y para ayudarme a no parecer lo que no era.
Habíamos quedado a las 9 de la noche, pero mi ansiedad por conocerle me había impulsado a llegar minutos antes. Cada hombre que ingresaba al lugar era analizado por mi mente, tratando de compararlo con la descripción que él me había dado de sí mismo. De súbito, mis oídos escucharon mi nombre detrás mío. Mi corazón se aceleró, y mi estómago pareció encogerse de pánico. ¿Había tendido tan mala suerte como para toparme con algún conocido justo en ese momento? Instintivamente, volteé con rapidez hacia la fuente de mi nombre, encontrándome con un rostro amable, una mano tendida y una sonrisa franca. Entendí entonces que era él. Su aspecto cálido y la confianza que habíamos desarrollado a través de múltiples correos electrónicos me impulsaron a pararme y saludarle como a un íntimo amigo.
Tomamos asiento y comenzamos a charlar. Mientras procuraba escucharle para seguir el flujo de la plática, mi mente, en franca rebeldía, se empeñaba en recordarme todos aquellos correos plenos de sensualidad que había recibido de quien ahora me platicaba del clima o del caos vial. Imaginaba también lo que él estaría pensando en esos momentos, después de todo tenía frente a sí a una mujer que veía por primera vez, pero de la cual conocía sus más íntimos secretos.
Su voz, su rostro y su trato no eran como los había imaginado, pero igualmente me agradaban. Por razones lógicas nuestra charla permaneció, entre copa y copa, en terrenos muy distintos a los que habitualmente visitábamos en nuestros correos, pero finalmente apareció la frase que deseosa esperaba: -¿gustas que vayamos a "dar la vuelta"?- me dijo con cautivadora sonrisa y guiño de complicidad. No pude pronunciar respuesta alguna. Por una larga hora había sido bombardeada sin misericordia por las feromonas de mi acompañante, y mi cuerpo anhelante había tomado por asalto mi voluntad. No cabían reflexiones morales ni sentimientos de fidelidad conyugal. Sólo sonreí de forma tal, que no tuvo duda de mi respuesta, pidió la cuenta y abandonamos el lugar tan rápido como nuestra excitación lo exigía.
Iríamos a un motel que él conocía y dejaríamos mi coche en el estacionamiento del bar, así que nos dirigimos a su auto. Subimos a él y, arropados por la tenue obscuridad del lugar, nuestros cuerpos se fundieron en un apasionado beso, iniciando así la materialización de las múltiples fantasías que, por semanas, nuestras mentes se habían alimentado mutuamente.
Lejos de calmar nuestra excitación, aquel beso sólo nos encendió más. Acaricié su pecho como implorando reciprocidad, misma que no tardó en llegar. Tras quitarme mi pequeño abrigo, retiró de mis hombros las frágiles cintas que soportaban mi vestido, dejando al descubierto mis senos que, listos y anhelantes por sentir el roce de sus manos, se erguían en su punta haciendo innegable mi extremo estado de deseo. Por fin, sentía sobre mí aquellas manos que muchas noches había imaginado recorriendo mi cuerpo. La parcial obscuridad del estacionamiento no hacía necesario cerrar los ojos para intensificar las sensaciones. Sus manos daban célico masaje a mis pechos, mientras su aliento recorría mi cuello y mis oídos, llenándome de excelso placer. Mis manos, agradecidas, buscaron su entrepierna para sentir aquella maravillosa carnosidad y fuente inagotable de placer que todas las mujeres deseamos. Como pude, recorrí su cierre para abrirme paso hacia el delicioso destino mientras él, cada vez más ansioso, recorría mi vestido para finalmente despojarme por completo de él. Aunque afuera hacía frío, no me importaba, dentro del auto el fuego del placer amenazaba con incendiarnos.
Avida de él, acariciaba su sexo por encima de su ropa interior, mientras mi temporal amante besaba mis senos con entrega animal. Al mismo tiempo, sus diligentes manos buscaban con codicia mis orificios erógenos como ignorando la presencia de mis bragas, las cuales, ansiosa, tuve que retirar yo misma para sentirles sin obstáculo alguno. Por su parte, desabrochó su pantalón para soltar aquel majestuoso semental que imponente, se levantaba orgulloso, para que mis manos lo apresaran y sometieran a delirante vaivén.
Enfrascados en este maravilloso encuentro, hacíamos pausa sólo de vez en vez, cuando algunos inoportunos trasnochadores circulaban cerca de nuestro improvisado nido de placer. Incapaces en la práctica de ocultar lo que verdaderamente hacíamos, teníamos que conformarnos con la prudencia, a veces exigua, de nuestros fortuitos observantes que, de reojo o descaradamente echaban una mirada al auto cuyos pasajeros parecían pasarla de lo lindo.
Ya no había marcha atrás. Si planeaba llevarme a un motel, lo haría después de terminar lo que había comenzado. Me sentía incapaz de suspender esta deliciosa escaramuza, así que desplacé el respaldo de mi asiento hacia atrás haciéndole entender lo que quería. Entusiasta, se abalanzó sobre mí separando con ambición mis piernas, y tras detenerse momentáneamente para protegerse con látex, me penetró con incontenible vehemencia. La furia de sus acometidas no hacía sino elevar mi deleite a niveles mágicos, imposibles de plasmar en palabras. Su enérgico accionar, hábil y prolongado, era el de un amante diestro y experimentado. Mis pies hacia arriba, impúdicos y llamativos, no hacían el menor esfuerzo por proteger nuestra intimidad. En ese momento ya no nos importaban disimulos o convencionalismos sociales, éramos su cuerpo y el mío entregados al máximo disfrute que mutuamente pudieran darse, lo demás no interesaba. Finalmente ocurrió. Como si nuestros cuerpos fueran uno, alcanzamos el momento sublime al unísono, estallando nuestras almas en el más sublime placer.
Con cierta pena, pero sin arrepentimiento, mientras nos vestíamos observamos los rostros de varias personas que al parecer habían presenciado cada instante de aquellos momentos culminantes, atraídos quizá por el indiscreto movimiento que todo auto exhibe en circunstancias como las que acababan de darse. Visiblemente preocupado por protegerme de aquella bochornosa situación, Fernando se apresuró a sacarme de aquel lugar y encaminó el auto hacia el sitio que precavidamente había reservado para nuestro encuentro. El corto viaje se llenó, ahora sí, de las sensuales pláticas que habían prevalecido en los emails que nos habían llevado a ese momento.
Refugiados por fin en la privacidad del acogedor cuarto del motel, nos dispusimos a poner en práctica todas aquellas actividades que sabíamos que el otro disfrutaría: bebí su savia mirándole a los ojos, sentí su sexo en el lugar prohibido, le entregué mi cuerpo en posición canina,... nos arrebatamos placer hasta el cansancio, para finalmente tumbarnos, agotados pero profundamente satisfechos.
Feliz de haber cumplido su fantasía y consciente de que en ese momento no podría cumplir la mía, le pedí que me llevara de nuevo al estacionamiento del bar para recoger mi auto...en ese momento desperté. Mi mano y mi entrepierna húmedas, y mis bragas arrojadas al piso por mi subconsciente, eran el único testimonio de aquel sueño que me había llevado a la cima del deleite. ¡Y todo por culpa de Fernando y sus emails que ahora extraño!

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