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La casa en la montaña
Corría un fin de semana del mes de Noviembre del año 97. Una serie de amigos habíamos decidido irnos a mi casa de campo desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la mañana. Iban dos parejas (Paco y Bea, y Jorge y Raquel), María (la hermana de Jorge) y yo.
Según llegamos al chalet encendimos la chimenea. Hacía un frío increíble y era necesario poner la casa caliente. Paco, Bea, Jorge, María y Raquel se fueron a comprar la comida que necesitábamos. Mientras, yo me quedé acondicionando la casa. Cuando volvieron, Paco y Bea habían discutido y estaban muy enfadados.
Preparamos la cena y nos sentamos junto al fuego a cenar; según acabamos Jorge y Raquel se metieron en su habitación y a los 5 minutos podíamos oír los gemidos. Los demás íbamos a jugar al mus pero Carlos dijo que estaba cansado y se fue a dormir. Con este panorama solamente estábamos María, Bea y yo. Medio de broma, propuse jugar al strip-poker y cuál fue mi sorpresa cuando las dos aceptaron. Además, María propuso una condición “el que gane dice lo que tienen que hacer los demás hasta mañana por la mañana”.
Rápidamente, María y Bea se habían quedado en sujetador y vaqueros, y yo con camiseta y vaqueros. Tanto Bea como María, estaban de bastante buen ver, María con unas tetas increíbles y un buen culo (110-65-95) y Bea con unas buenas tetas y un culo perfecto (90-60-90). Con esta situación yo estaba como una moto y mi polla a punto de saltar de mi pantalón. Al ratito, estaban ellas en bragas y yo en vaqueros; finalmente, ya no les quedaba ropa.
Como vencedor debería decidir cuál sería mi premio, así que comencé por decirles que me quitasen los pantalones mientras yo decidía cómo empezaría el juego. Decidí que lo mejor sería que empezaran enrollándose. Ninguna era lesbiana (al menos reconocidamente), así que el juego tenía su gracia. Las manos de la una recorrían el cuerpo de la otra y viceversa, mientras se besaban, e incluso en algún momento María buscaba el sexo de Bea. Tras este singular calentamiento, decidí que María me iba a hacer una buena mamada. Su hermano me había dicho alguna vez que su ex-novio decía que era increíble cómo las hacía y, realmente, tenía razón. Empezó besándome la punta del capullo, y cada vez tragaba un poco más, hasta que se metió mis 18 centímetros de polla hasta la garganta (de vez en cuando, me chupaba las pelotas); mientras, Bea, se estaba haciendo un dedo enfrente de mí. Por fin, tras más de veinte minutos en que María me estaba controlando para que no me vaciara, me corrí.
Como segundo asalto pensé que lo mejor sería que comenzásemos porque Bea reanimara mi polla. Se la metió en la boca y la comenzó a lamer hasta que recuperó su esplendor. Entonces, dije “Bea, desde que te conozco he deseado tu culo”. Ella, indignada, dijo “Mira, tronco, ni siquiera mi novio me la mete por detrás”. María dijo “Hay que cumplir los acuerdos”. Entonces agarré a Bea por el brazo y la tiré al suelo, antes de que pudiera gritar María le sujetó la boca, yo la agarré por la cintura, le abrí ligeramente el ano con el dedo gordo, y se la metí por detrás. Primero, muy despacio, lentamente; sus lágrimas caían por sus mejillas, realmente le estaba doliendo, pero mi placer era enorme y sabía que pronto gozaría. Tras unas cuantas embestidas mi pene desapareció en su culo y su cara cambió del llanto al gozo. En ese momento le dije que le comiera el coño a María. María se puso enfrente de ella, se abrió de piernas y Bea introdujo su lengua hasta lo más profundo de su ser. No pasó mucho tiempo antes de que los tres nos corriéramos a la vez.
Bea nos dijo que le había encantado y que no le importaría repetir, pero que la había dejado hecha polvo y se iba a dormir. Nos quedamos María y yo solos, así que la propuse que me hiciera una cubana. Me coloqué sobre su vientre con mi polla entre sus tetas y comencé a frotar mi pene contra sus pechos. Cuando me corrí, ella recogió con sus manos todo mi jugo y se lo tragó.
A la mañana siguiente, era como si nada hubiera ocurrido. María y yo seguíamos siendo tan amigos y Bea seguía enfadada con su novio. El domingo, cuando volvíamos, quedamos en vernos la semana siguiente.

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