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La consulta del ginecólogo
Hoy no es una tarde cualquiera de un día cualquiera de tu vida. Te vas a enfrentar a la revisión ginecológica anual y, como es lógico, tienes algo de aprensión por si algo no anduviera bien en tu cuerpo. Por otro lado, te sientes más tranquila porque esta vez has seleccionado a una mujer, una doctora, con lo cual sientes menos pudor que la última vez, cuando te examinó un hombre. ¿Por qué hay tantos ginecólogos varones? ¿Quién puede conocer lo más íntimo de una mujer que otra mujer? Es para desconfiar si lees la relación de médicos de esa especialidad. Calculas que más de un noventa por cien son del género masculino. ¿Por qué tantos hombres eligen esa especialidad? Y, por si fuera poco, has oído historias de hospitales, de cuando los ginecólogos se disputan el examinar a la mujer más atractiva que llega a sus manos. Sientes que es la lascivia lo que más les mueve a tocar tus genitales, tus pechos, y no el mero interés profesional por hacer un diagnóstico acertado. Incluso tu mirada se dirigía a su bragueta por si se notaba un abultamiento que confirmara tus temores, pero su larga bata blanca impedía advertir nada.
Tus pensamientos son interrumpidos cuando un joven, vestido con pantalón y camisa blancos, irrumpe en la sala de espera de la consulta y pronuncia tu nombre con voz suave, y con la vista te indica que es tu turno. ¡Vaya! Ahora resulta que es el mundo al revés, la doctora es mujer y el enfermero es un varón, con lo cual das la batalla por perdida, pues tu vagina será vista por un hombre de todas formas. Pero te consuelas pensando que no la verá con tanto detalle ni la tocará, pues eso es algo reservado a la especialista.
Entras a la consulta y miras de reojo al biombo donde te desvestirás, y a la mesa de operaciones donde instantes después te abrirás de piernas para que alguien te diga que tu vagina está bien, gracias. La puerta se cierra detrás tuya y... ¡Bien! El chico no ha entrado, se ha quedado fuera. Es muy posible entonces que tengas suerte y tus partes íntimas no sean profanadas por la mirada lujuriosa de un calenturiento joven que posteriormente podría hacerse una soberana paja a tu costa.
La doctora, una joven de unos treinta años, rubia, atractiva, con larga bata blanca y unas gafas que le dan un inconfundible aspecto intelectual, te pide que te sientes y empieza a rellenar un formulario para conocer tus datos e historial médico, al ser tu primera visita. Más tranquila, hablas con comodidad, sin entrecortarte la voz la timidez que sentías en las anteriores revisiones. Cuando terminas de contestar a sus preguntas, ella te pide, por favor, que te dirijas al biombo para el examen vaginal de rigor.
Te sitúas tras el biombo y pierdes de vista a la ginecóloga, que aún continua tomando notas. Te has traído una falda, más fácil de quitar y poner que los pantalones, que cae al suelo al ser desabrochada, la coges y la cuelgas de una percha. Inmediatamente, dejas caer tus bragas, pero no dejas que toquen el suelo, por higiene. Siempre es una sensación rara, indescriptible, la que se siente cuando se está en un lugar extraño con la vagina al aire, por eso tardas unos segundos en mostrarte ante la doctora, porque has cogido una pequeña sábana blanca que, sujeta con una mano, empleas a modo de falda antes de colocarte en la mesa.
- Por favor, señorita -ordena la doctora, también con voz muy suave, casi susurrante- toda la ropa, pues también voy a examinarle las mamas.
¡Completamente desnuda! ¡Es inaudito! Nunca te había ordenado eso ningún ginecólogo. Generalmente, te examinaban el pecho, y luego, una vez vestida de cintura para arriba, te examinaban la vagina. ¿Pero eso? ¡Y llamarle mamas a las tetas! Bueno, así es más frío, más clínico.
Tras unos instantes de duda, en que te ruborizas de vergüenza, y piensas en salir inmediatamente de allí, la mirada fija de la doctora te intimida y cumples su orden sin rechistar. Después de todo es una mujer. ¿Qué te va a ver que ella no tenga también? ¿Será lesbiana? La sábana cae al suelo y crees observar una repentina chispa de excitación en los ojos de la ginecóloga. Serán imaginaciones tuyas, piensas, y te quitas el jersey, que colocas en el biombo y el sujetador, de tal forma que tus oprimidos pechos se sienten libres de repente y se lanzan hacia adelante, como desafiando a la mujer de bata blanca que mira, aparentemente impasible, a otra que, completamente desnuda, trata de protegerse instintivamente, tapando sus enormes tetas con un brazo, mientras la otra mano se apoya en su monte de venus, ocultándolo de miradas indiscretas. Piensas en lo ridícula que estás ahora, tal y como viniste al mundo, indefensa, y tapando tus "vergüenzas" ante una mujer que tan sólo te va a reconocer como médico que es. Tus mejillas arden del rubor.
Ella se levanta y se acerca a tí lentamente. Te estremeces. Sientes tus pezones endurecidos que se clavan en tu antebrazo.
- Por favor, mujer, tengo que palpar tus senos. Levanta los brazos.
No tienes más remedio que obedecer, y eso haces. Ya no tienes nada que ocultar, y ella no tiene impedimentos para empezar a tocar con sus finas y cálidas manos tus dos turgentes tetas. Te oprime, te acaricia, toquetea tus pezones erectos. Crees que no te está tocando como un especialista, sientes que le está gustando tocarte, aunque mantenga su mirada inexpresiva. Y tú, aunque intentas negarlo, te estás excitando. Esas caricias y esos apretones en tus tetas no te han sido indiferentes y sientes calor, no sólo en tu rostro, sino en el resto del cuerpo, incluso un leve cosquilleo nace en el interior de tu vagina. Pero tienes que mantener la calma. ¡Sería muy embarazoso que te examinara la vagina empapada!
Apenas bajas los brazos se abre la puerta y se asoma el joven enfermero para avisar a la doctora de que tiene una llamada telefónica urgente que atender. Tu creciente excitación queda repentinamente cortada al ver los ojos del hombre clavados en tu cuerpo, y, nuevamente, te tapas con tus brazos y manos, procurando no darle la espalda para que tu hermoso culo (sabes que es muy bonito, ya te lo han hecho saber cuando andas por la calle) no quede frente a él.
La doctora sale y cierra la puerta, pero ¡el chico no se marcha!, ¡se ha quedado a solas contigo!, ¡qué vergüenza, dios mío! ¿Y para esto cambiaste de ginecólogo? Un tenso silencio se cierne en la consulta. Tu miras al suelo, no te atreves a levantar la cabeza. Él rompe el hielo:
- Por favor, no se quede así -susurra con aparente tranquilidad- vaya colocándose encima de la mesa, enseguida vendrá la doctora a examinarla.
"¡Y un cuerno!". Piensas. Si este niñato se cree que te va a ver aún más, está listo. Este espectáculo no es gratis. Te mantienes quieta, rígida, deseando fervientemente correr al biombo, vestirte y salir huyendo de esa extraña consulta.
- Señorita, no sea tímida, ya estoy acostumbrado a ver a las pacientes, pero si lo desea, me doy la vuelta para preparar el instrumental de la doctora.
- Sí, por favor, compréndame -dices, con voz temblorosa aún- nunca me han hecho desnudarme por completo...
El joven asiente y se da la vuelta, se dirige a una vitrina y empieza a coger aparatos para el examen vaginal. Tú aprovechas ese instante para subirte a la mesa donde poco después te revisarán. ¡Qué ganas de acabar e irte a casa tienes! Como te cuesta subirte, tienes que dar un ligero impulso y colocarte a gatas encima antes de darte la vuelta. Muy fugazmente, te percatas de que él recogió muy deprisa el instrumental y te ha estado observando. Tu culo, realzado por la postura a cuatro patas que has adoptado, ha quedado descubierto unos segundos frente a él, que está como paralizado muy cerca de ti. ¿Es que nunca ha visto a una mujer desnuda? Y tú tampoco te consideras nada del otro de mundo, del montón. Pero estás ya muy incómoda. Te has tumbado, pero eres incapaz de abrir y levantar las piernas para apoyar los talones en su acomodo. Eso no.
- Hasta que no venga ella, no pongo los pies allí -dices, ya indignada, esto empieza a ser demasiado.
- Disculpe, - responde él, como despertando de un maravilloso sueño-. Ahora viene la doctora.
Apenas acaba de terminar la frase, cuando ya viene la doctora, sin gafas, dirige una mirada de complicidad a su ayudante, que se marcha, y se acerca a ti. Entonces, como impulsada por un resorte, te abres de piernas, y tu hermosa vagina rasurada, abierta, sin secretos, queda a la vista de la ginecóloga, que te dice:
- Perdona por el retraso, seguro que habrás estado incómoda así con mi ayudante.
- Pues claro, ¿qué se cree? Una no se presenta desnuda ante un desconocido todos los días.
- Tranquilízate, mujer, si no te relajas, los músculos están tensos y no te puedo examinar.
Ante esas palabras, optas por apoyar la cabeza en la mesa y procuras pensar en otra cosa, para relajarte mientras esperas que te introduzcan fríos aparatos por la vagina. Sientes ya los dedos de la doctora hurgando en tu sexo. Notas sus cálidos, suaves y finos dedos jugueteando con los labios mayores y menores de tu vagina. ¡No se ha puesto guantes! Estás a punto de protestar, pero recuerdas la excitación que sentiste cuando te sobó las tetas y guardas silencio. No eres lesbiana, pero sientes nuevamente el cosquilleo creciente que se origina en lo más profundo de tu ser. Además, el enfermero lascivo ya no está. No estaba mal el hombre, pero no es este el lugar ni el momento adecuado para que te vea desnuda. Pronto tus pensamientos se desvanecen y te vas dejando llevar por el placentero momento. Parece que la doctora no te está examinando como una profesional de la medicina, pero te da igual. Sientes cómo tus jugos emanan de tu vagina como si de una fuente se tratase, cómo mojan la mesa y las manos de la doctora, que no cesa en acariciarte, sin introducir ningún frío aparato ginecológico. Tiemblas, te estremeces, tus pezones vuelven a estar duros como piedras, y el sonido que producen los dedos de esa mujer al moverse por entre los mojados labios y vagina te enloquece más. ¿Cómo es posible excitarse tanto en tan poco tiempo? Quieres gritar, pero ningún sonido sale de tu boca, tan sólo leves gemidos que intentas que no oiga. Quieres ocultar que estás a punto de reventar de placer, de correrte en los dedos de una desconocida, pero tu cuerpo y tus piernas, con unas fuertes convulsiones que hacen temblar la mesa, no pueden disimularlo. Un leve roce en tu clítoris ha bastado para que el éxtasis llegue, tu cuerpo se ha puesto completamente rígido de golpe, e inmediatamente después te has quedado sin fuerzas. Apenas puedes moverte o articular palabra. Te has relajado, vaya si te has relajado.
Abres los ojos, que habías cerrado cuando estabas a punto de explotar de placer y te encuentras a la doctora mirándote, sonriéndote y... desnuda. Sí, completamente desnuda. Su bata blanca yace en el suelo y no hay más ropa, es decir, que no lleva nada debajo de la bata. ¡Qué situación más embarazosa! Una mujer, muy bella también, desnuda frente a ti, rubia, con un vello púbico tan rubio como su cabello, y tú incapaz de articular palabra, nada más que de responder a su sonrisa con otra, aunque aún avergonzada por haber tenido con tanta rapidez un orgasmo ante una completa desconocida, dando así la impresión de ser una calentorra o una tortillera. Y lo peor es que ella se agacha y empieza a frotar sus tetas, más pequeñas, pero juguetonas, con las tuyas, y el roce de sus pezones con los tuyos te vuelve loca. ¡Estás a punto de decirle que no pare! Pero guardas silencio, no te atreves a pedírselo. ¿Qué impresión causarías? ¿La de una ninfómana perdida? Vuelven tus jugos a humedecer tu vagina, que todavía sigue mojada, y tus labios menores se abren y palpitan, mientras la doctora se incorpora y besa y lame tus tetas con intensidad y golpea con su lengua tus duros pezones alternando con succiones tan profundas, como si quisiese mamar de ellos. Estás en la gloria ¿Quién te iba a decir lo que te iba a ocurrir en el sitio menos erótico para el sexo como es una consulta ginecológica? Y por si fuera poco, laten con tanta fuerza los labios de tu vagina empapada que sería posible observarlo a simple vista. Cierras los ojos tratando de concentrarte en las sensaciones que llegan de tus succionadas tetas, cuando crees oír que la puerta de la consulta se abre y se cierra. Algo roza muy suavemente tu coño y sientes cómo palpita con más pasión. ¡Si alguien lo viera! Deseas intensamente que la doctora te introduzca, a modo de consolador, algún aparato que calme a tu hambrienta vagina, pero tampoco te atreves a pedirlo.
Notas otro roce en el exterior de tu vagina. Algo muy suave se ha paseado por los labios y ha tocado ligeramente tu clítoris. Estás a punto de volverte loca. ¿Qué están esperando para meterte dentro ese "algo"? Abres los ojos, pero la cara de la doctora chupando y lamiendo sin cesar tus tetas te impiden ver nada. Quieres gritar que te lo metan. ¿Qué será? "Aquéllo" parece que ha notado, por tus estremecimientos y por tu actitud de levantar el culo de la mesa y elevar tu coño, tus ansias de que llenen tu agujero, y no se hace esperar. Y con la vagina tan mojada, tan lubricada, "éso" penetra con tanta facilidad que llega rápidamente al fondo. Y sólo ha bastado una penetración, muy profunda, eso sí, para que te corras como una loca. Hasta la doctora ha tenido que dejar de chupetear tus pezones ante el estremecimiento de tu cuerpo que te ha sorprendido hasta a ti. ¡Qué placer! Nunca habías sentido nada igual, y con sólo una penetración. Y eso no era un consolador, era algo cálido, humano. Levantas ligeramente la cabeza y ves al joven enfermero, completamente desnudo, mirándote, y con la polla dura y muy húmeda al haberse bañado en los jugos de tu coño.
Te asalta un sentimiento de pudor al haberte dejado llevar por el orgasmo de esa manera con él, pero también te sientes satisfecha de haber despertado el deseo en aquella extraña pareja de ginecóloga y enfermero, hasta el punto de haber olvidado sus papeles profesionales. Le sonríes, pero no articulas palabra, y él se acerca a ti. Su cara está muy cerca de la tuya. Sobran las palabras. También tu boca, tus carnosos labios rojos le excitan y sientes cómo desea besarlos. Es el momento de perder la timidez, es absurdo tenerla llegados a este extremo. Le coges del cuello, le acercas a ti y le besas profundamente, mientras con tu mano derecha agarras su tieso miembro, tanto que parece que va a explotar. Jugueteas con tu lengua en su boca, y él en la tuya, mientras notas cómo palpita su polla en tu mano. Le excitan mucho tus besos y empiezas a masturbarle con la mano. ¡Ay! ¿Cómo pedirle que te la meta de una vez? Antes te has quedado con las ganas de continuar.
Pero la doctora chupadora, que has perdido de vista unos instantes, ha vuelto a la carga, y esta vez está lamiendo tu coño, está sorbiendo los jugos y pierde el tiempo, porque cada vez estás más empapada. Nunca te imaginaste que tu vagina se mojaría tanto como ahora. Y la muy lista sabe cómo y dónde chupar, quizá por sus conocimientos de ginecología. ¡Qué locura! Dos lenguas jugueteando contigo, una en tu coño y la otra en tu boca, y una hermosa y palpitante polla temblando en tu mano. ¡Que esto no acabe nunca! Y la doctora no tiene más que rozar muy ligeramente el clítoris con su experta lengua para que pierdas otra vez las fuerzas. Este orgasmo también casi te ha pillado por sorpresa. Incluso has estado a punto de morder la lengua del enfermero, y le has oprimido tanto la polla que ha lanzado un gemido de dolor y se ha apartado de tu lado. Cierras los ojos. Estás en la gloria. En tu vida te habías sentido mejor. Te relajas mientras notas que la doctora y su ayudante se han apartado de ti, pero no te importa, estás agotada y quieres descansar un poco.
No sabes cuánto tiempo ha pasado, unos segundos, unos minutos quizá. Los gemidos de placer de una pareja te hacen incorporarte. ¡Ahí va! La doctora está cabalgando sobre su ayudante frente a ti. Él, tumbado en la moqueta, y ella subiendo y bajando sobre su polla como una loca. Te excita cómo bailan sus tetas, cómo una y otra vez su tieso miembro es tragado por su coño una y otra vez, el sonido del culo de ella al chocar contra la pelvis de él. ¡Qué imagen más excitante! Nunca habías visto a un hombre y una mujer haciendo el amor, en directo, ante ti. Y ellos saben que les estás mirando, y eso les excita más, sobre todo a ella, porque sus gemidos han aumentado en volumen e intensidad y cabalga más deprisa a la vez que su vista se clavan en tu, de nuevo, palpitante coño, que la pone más cachonda.
De repente, ella se queda rígida y sufre convulsiones inconfundibles. Estás viendo el orgasmo de una mujer en directo. ¡Es maravilloso! Incluso te ha contagiado y "sufres" un nuevo estremecimiento de placer que te deja otra vez sin fuerzas. ¡Qué cantidad de orgasmos! ¡Y no sabes cuál de ellos ha sido más fuerte! Y el último, sólo con mirar. Es demasiado para ti y te dejas caer en la mesa. Por eso no te das cuenta de que el enfermero, que aún mantiene su miembro dispuesto y mojado por los jugos de la doctora, se acerca a ti y te penetra, pero esta vez lentamente. Tu latiente coño le ha recibido muy bien, le ha atrapado entre sus labios para que no escape como en la vez anterior, y tus piernas se entrelazan en la espalda de él para que no se vaya. Y él, satisfecho, empieza a meter y sacar su polla cada vez más deprisa. Está muy excitado, y eso te excita más a ti, y él ya no puede aguantar más, pues la cabalgada de su "jefa" le ha dejado a punto de explotar. Pero eso te da igual, pues el sentir cómo revienta y eyacula dentro de ti, con penetraciones más profundas, y cómo grita como un desesperado, provoca que, casi al unísono, vuelvas a convulsionarte con otro potente orgasmo que te deja, esta vez sí, sin ninguna fuerza, completamente tumbada en la mesa ginecológica, ajena a lo que ocurre a tu alrededor.
¡Vaya revisión! Así pasan unos minutos en los que estás muy feliz, satisfecha, "en las nubes", hasta que alguien te ayuda a incorporarte, porque tus brazos y piernas no responden. El enfermero te acompaña hasta otra puerta, que abre y resulta ser un cuarto de baño, indicándote que te puedes lavar, y él, evidentemente, te acompaña. Te vas a duchar con un desconocido que ya no lo es tanto. Es más, él se encarga de enjabonarte, de pasarte el gel de baño y la esponja por todo tu cuerpo, con suavidad. Estás tan agotada que te dejas hacer. No tienes ganas de bañarte tú. Pero pronto tu cuerpo vuelve a pedir "guerra". ¿Es que no ha tenido bastante con lo de antes? Pero el cosquilleo que recorre todo tu ser es inconfundible. Te estremeces con cada caricia de sus manos jabonosas y más cuando empieza a sobarte las tetas. Te pegas a él y lo besas fuertemente ¡Qué excitante el contacto de dos cuerpos desnudos, resbaladizos por el jabón! Estás muy agradecida y se lo vas a demostrar, así que coges la ducha, le aclaras su polla, que está dura de nuevo (sabes bien cómo excitar a un macho) y te la metes en la boca, y empiezas a chuparla, a lamer su glande, a golpearlo fuertemente con tu lengua. Él no se lo esperaba y notas cómo tiembla. Le has pillado por sorpresa. Cuando ya casi no puede más, te levanta y te da la vuelta. ¿Qué hace? Te dejas llevar y te apoyas en la pared del baño cuando sientes, por detrás, cómo su miembro intenta abrirse paso entre tus piernas. Tu precioso culo es acariciado por las manos expertas de él, a la vez que tu coño permite ya el paso a su interior. Creías que habías tenido bastante, y él ha tenido el detalle de no correrse con tus chupadas, ha esperado a penetrarte de nuevo, por detrás, en el baño, mojados, resbaladizos, los dos. Es una situación tan excitante que con muy pocas acometidas por su parte, además de acariciarte el culo y las tetas con las manos jabonosas, vuelves a caer en el orgasmo, con unos gritos tan fuertes que la doctora ha tenido que entrar justo a tiempo de ver cómo su ayudante se corre en tí otra vez. Parece un sueño.
Te dejas caer en la bañera, te sientas y terminas de lavarte, aunque apenas puedes conseguirlo. Estás tan sensible que te molesta cualquier contacto de la esponja y el jabón en tu piel. Finalmente, lo dejas por imposible, ya te ducharás mejor en tu casa. ¡Qué lástima! Volver a casa. Te deprime la idea de salir de allí, pero la razón se impone y se supone que no eres una ninfómana, así que te secas, te vistes y te despides de la doctora y su ayudante sin mirarles a la cara de la vergüenza que sientes.
- Va todo bien, y ya sabe, vuelva el próximo año para la siguiente revisión -dice la ginecóloga cuando cruzas la puerta y sales de la consulta como si nada hubiera sucedido.
¿Hasta el próximo año? ¡Falta mucho tiempo! ¿Aguantarás tanto sin volver? Ya te inventarás cualquier excusa.

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