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El invernadero
Me llamo Aurora, tengo 32 años y estoy casada. Vivimos en una pedanía de El Ejido y somos propietarios de diversas explotaciones agrarias cubiertas de plásticos, comúnmente conocidas como los "invernaderos de plástico". Gracias a esta actividad y a los más que grandiosos beneficios que obtenemos con la venta de las verduras y hortalizas podemos llevar un tren de vida bastante holgado. No obstante la vida del campo sigue siendo dura y trabajar bajo el calor y la humedad infernal de los invernaderos es todo menos un placer.
Para explotar los cultivos agrícolas recurrimos a mano de obra magrebí y subsahariana, pues son los únicos que se prestan a una labor tan dura y sinceramente no muy bien pagada. Habitualmente trabajan para nosotros unos 15 hombres, en su mayoría marroquíes y negros de Camerún y Senegal. Sus edades comprenden entre los 25 y 45 años. Son recios y fornidos y muy buenos trabajadores. Casi todo su jornal lo ahorran y lo envían a sus respectivas familias lejos de España. Para ellos tenemos habilitado un viejo cortijo donde hacen una vida casi en comuna. Más de una vez, en mis húmedos sueños eróticos, me he visto yo dentro de ese habitáculo rodeada de mis fornidos jornaleros moros y negros violándome sin ninguna compasión. En estos sueños era literalmente tomada por casi todos mis agujeros corporales por 15 fuertes y duras vergas. Lejos de ser esto una pesadilla, la verdad es que me despertaba completamente excitada y con mi coño chorreando como una fuente. En más de una ocasión me he dicho a mí misma: Aurora, tu no estás bien de la cabeza, lo tuyo es de psiquiatra. Más tarde di con la razón de estos sueños: estaba sexualmente insatisfecha o como decimos por mi tierra, era una mujer "malfollada".
No solemos rotar mucho el personal de jornaleros pero de vez en cuando es inevitable buscar mano de obra nueva, bien porque se ha de substituir a algún retornado o porque aumenta la necesidad de más empleados, sobre todo en temporadas de recogida y de renovación de plásticos.
De esta manera entró Hassán a trabajar con nosotros, mi marido lo eligió de entre otros muchos en la plaza de El Ejido, por ser de complexión fuerte y chapurrear algo el español. Hassán tenía 36 años y una piel muy morena. Sus ojos claros contrastaban fuertemente con su pelo negro rizado y su tez morena. Todo esto, unido a su fuerte complexión, le otorgaba un más que ineludible magnetismo hacia las chicas que trabajaban en nuestra explotación. Hay que ver como está el nuevo morito y fíjate que aguante.
Quien decía esto era María, una de nuestras jóvenes empleadas, que me ayudaba a colocar los tomates en las cajas de plástico de la alhóndiga. Yo me fijé con más atención en Hassán y efectivamente la visión era bastante estremecedora. Un tiarrón de casi 1,90 con un torso oscuro y musculoso que brillaba por el sudor que le provocaba el gran esfuerzo físico que estaba realizando bajos los plásticos. Hassán tenía algo de atracción animal. Era una lástima que siempre llevara unos pantalones de chándal demasiado holgados, pues más de una vez las mujeres hacíamos conjeturas sobre el posible tamaño del paquete de Hassán. A casi todas se nos antojaba grande y hermosa aunque sólo fuera por no romper nuestra imagen de prohombre, morenazo y precioso "morito" Hassán. Las mujeres le mirábamos y él notaba que lo observábamos, nos miraba de y bobamente nos sonreía. "Moscho" calor hacer aquí, de verdad. Yo sudar "moscho" mojado. Pero ser bueno, así no poner gordo y flojo.
Todas nos reíamos y alguna lanzada como María le espetaba con socarronería: Ay Hassanito, más te hacía yo sudar a ti, mi alma.
Las carcajadas eran sonoras en el grupo de las mujeres pero Hassan no parecía entender las indirectas o no se sentía aludido porque seguía con su labor como un percherón poderoso y sudoroso sin prestarnos la menor atención.
Los días transcurrían bajo los plásticos con estas escasas alegrías, lo habitual era el irrespirable ambiente de calor, el olor desagradable a química de los sulfatos y los abonos y una humedad insoportable y un esfuerzo sobrehumano recogiendo frutas y moviendo cajas a lo largo de interminables pasillos formados por ubérrimas matas de tomates, pepinos, habichuelas verdes, calabacines, berenjenas, alcachofas y un largo etc más de típicos frutos de nuestros invernaderos.
Habitualmente los domingos no se trabajaba en los invernaderos y los viernes procurábamos reducir la jornada a medio día, puesto que la mayoría de nuestros jornaleros pertenecían a la comunidad musulmana y nos parecía de justicia que pudieran respetar su día de culto religioso. Pero aquel domingo mi marido se había ido a la capital para presenciar con unos amigos un partido de liga de su equipo del alma el Polideportivo Almería. A mí no me gustaba el fútbol y preferí quedarme en los invernaderos haciendo algunas cosillas que había dejado pendientes: pura actividad para matar el tiempo y no aburrirme delante del televisor. Sola entre aquellos frondosos pasillos de mata me entretenía cortando algún que otra rama marchita, un fruto picado por la oruga, atando una mata que se había soltado o enderezando alguna que otra caña que sujetan las tomateras.
Estaba yo en mitad de esta faena cuando de pronto sentí la necesidad de echar una meadita. Como estaba sola pensé que no era necesario salir del invernadero y que allí mismo en cuclillas entre los tomates podía procurarme el alivio para mi vejiga. Me bajé los pantalones y en cuclillas me apresuré a soltar un largo chorrito amarillo mientras que con dos dedos en uve apartaba mis labios superiores para que de esta manera mi pipí fluyera mejor sin mancharme los pantalones bajados. Había acabado de echar mi bendita "lluvia dorada" y sin quererlo, pero impulsada por una fuerza mayor, empecé a masajearme suavemente mi botoncito del placer. ¡Uhmmmmm, uhmm, que bueno!
De pronto oí como un chasquido tras a mis espaldas, giré la cabeza y vi a Hassan que inesperadamente estaba allí, absorto, mirándome boquiabierto. Nos asustamos los dos. Oh, Hassán ¿Qué haces aquí? Hoy es tu día libre. (mientras decía esto me incorporaba rápidamente subiéndome los pantalones y también subiéndoseme los colores a la cara de puro bochorno)
Perdona jefa, yo sólo venir para recoger tres pimientos verdes. No quedar pimientos en cortijo y nosotros hacer una sopa Jarira. Hassán ya irse. Perdona jefa, perdonar. (también Hassán se mostraba nervioso y sorprendido como un chiquillo que había sido pillado haciendo una fechoría)
Hassán, no pasa nada. No hay nada que perdonar.
Mientras decía esto observé como en la entrepierna de Hassán se había formado como un sospechoso bulto que llamaba la atención por su exageración y que hacía deducir que se había puesto cachondo viéndome como orinaba.
Hassán notó como yo bajaba mi mirada hacia su paquete y eso provocó aún más el notorio sonrojo del tímido morito. Perdona, perdona jefa, yo no querer mirar pero Hassán no estar ciego, Hassán hacer pecado, que Allah castigue a mí, por Dios, perdonar, perdonar a Hassán.
Pero Hassán, no seas tonto...claro que no es tu culpa, en todo caso ha sido un descuido mío. Además no querrás decirme que nunca has visto a una mujer desnuda, bueno medio desnuda por abajo. Ya me dirás, si esto es pecado entonces no nos salvamos ninguno. No seas bobo Hassán.
¿Jefa perdonar a Hassán?
Aquella situación de inesperada indefensión y casi sumisión de aquel pedazo de tiarrón provocó en mi de pronto un estado de lujuria increíble. Veía a aquel cuerpazo de hombre, fuerte y moreno como me suplicaba casi clemencia por algo que carecía de la más mínima importancia. Me volví a fijar en su entrepierna y aquel bulto había desaparecido, pero ya era tarde, aquella hinchazón había despertado en mí una irrefrenable y libidinosa curiosidad. Basta ya, Hassán. Mira lo que hago y deja de decir imbecilidades.
Ni corta ni perezosa me quité la camiseta dejando a la vista de Hassán unas dos grandes pero turgentes tetas con unos pezones oscuros y desafiantemente puntiagudos. La lujuria chispeaba por doquier en aquel ambiente solitario del invernadero. A Hassán se le abrieron los ojos como platos, quedándose mudo por completo. Algo en su entrepierna volvía a tenzar la tela de su holgado pantalón de chándal, porque un prominente bulto volvía a resaltar. Yo me sonreí y le dije: ¿Qué Hassán, otra vez pecando contra Allah? Pues prepárate que aún no he terminado.
Me fui hacia él y sin pensármelo dos veces le pegué un tirón hacia debajo de sus pantalones. Pero..., válgame Dios....¿Qué es eso? ¿Qué tienes ahí? ¡Hassán!
La asustada y sorprendida ahora era yo. Jamás en mi vida había visto algo así. La verga que le colgaba a Hassán entre las piernas debía medir en estado semifláccido unos buenos 28 cm , pero además era gorda como un pepino verde, como los que se crían en nuestros invernaderos. Era la polla de un potro, no la de un hombre normal. El estupor era grande pero aún mayor era la curiosidad y la ansiedad que despertaba en mí poder tocar aquel aparato desmesurado. Ni en mis más atrevidos sueños eróticos había soñado una polla tan gigantesca. Con mi marido habíamos visto alguna que otra película porno y más de una revista pornográfica había caído en mis manos, pero nunca había visto algo así. Recuerdo que en una revista llamada "Big Willy" aparecían unos negros con unas mangueras verdaderamente sorprendentes, pero lo de Hassán rompía cualquier esquema y cualquier imaginación.
Titubeante, me acerqué a mi morito que había dejado de sonrojarse y poner cara de lelo suplicante. Ahora ya se le notaba a él otro talante, como más desafiante. Y de sus ojos parecían desprenderse chispazos de lujuria. Me estremecí un poco, intuía que estaba avivando una llamarada de fuego abrazador y que podía quemarme si no daba marcha atrás y zanjaba una situación que electrificaba todo el ambiente. Pero la atracción que emanaba aquella polla de Goliath pegada a aquel pedazo de macho podía más que mis barreras morales. Me acerqué a él y con mi mano agarré aquél pedazo de carne maciza y palpitante. Era tan pesada que tuve que asirla con las dos manos y mientras me arrodillaba ante aquella fálica hermosura, observaba con indisimulada gula aquel brillante y esplendoroso glande. Era tan grande como una nectarina, pero de color oscuro. Pensé que sería imposible poder tragarse semejante punta. No obstante me atreví a intentarlo. Abrí mi boca todo lo que pude y empecé lentamente con movimientos de vaivén bucal a salibar e introducir centímetro a centimetro aquel delicioso fruto glanderiano libre de prepucio. Hassán, como buen musulmán, estaba circuncidado y además carecía de frenillo, por lo que su punta de polla parecía una carnosa fruta abierta en dos.
Poco a poco mi boca se iba llenando de Hassán. El mientras tanto ya había abandonado sus iniciales pudores y reticencias. Sus grandes y fuertes manos se aferraban a mis grandes tetas apretujándomelas como si se le fuera la vida en ello. Con sus dedos me pellizcaba mis duros y puntiagudos pezones, me hacía daño y me daba placer a la vez, una dulce e indescriptible mezcla de sensaciones. La verga de Hassán se había hinchado de tal manera y había adquirido una rigidez que causaba temor mirarla. Las venas que rodeaban todo aquel enorme falo de carne parecían que iban a explotar de cualquier momento a otro. Aquello no era humanamente normal, Hassán era la reencarnación del Minotauro.
Había dejado de chuparle la polla porque ya no cabía en mi boca, me estaba casi rompiendo la comisura de mis labios. Sin esperarlo Hassán me asió de las axilas y me puso en pie, con un movimiento brusco y decidido me bajó los pantalones e inmediatamente de un tirón me arrancó mis minúsculas braguitas de encaje. Parece que a los hombres como Hassan nos le hace mucha falta una estimulación en forma de fetiches para mujeres, para que su lujuria estalle eruptivamente. Empecé a sentir miedo, porque sabía que había provocado el derrumbe de una presa de contención y que el río con toda su fuerza se estaba desbordando. Sentí de repente el miedo de una virgen que iba a ser desflorada en cualquier momento. Hassán me dio la vuelta como si fuera una indefensa marioneta, me agarró ambas nalgas, me las separó con fuerza y de repente noté como algo duro intentaba abrirse paso entre mi nunca jamás tan estrecha concebida rajita. Chorreaba flujo vaginal por mi coño como una perra en celo pero a pesar de todo no bastaba mi lubricación natural para soportar la entrada de "la madre de todas las pollas". Por favor, Hassán ...¿Qué me haces? Para, para...no sigas, que me vas a hacer daño. Hassán, para pedazo bruto. Que se lo voy a decir a mi marido.
No , ahora no parar...ahora tu sentir la picha de Hassán. Yo hacerte gusto. Tu callar y sentir a Hassán dentro de ti. Tu ver paraíso ahora. No pensar en tu hombre.
Pero no digas gilipolleces, Hassan, te he dicho que pares...,¡ paraaaaa! (estaba olvidando a mi hombre mequetrefe)
Era imposible quitárselo de encima , con fuerza se había aferrado a mi grupa y parecía el más diestro de los jinetes mientras intentaba de introducir su grandiosa fusta en mis entrañas. Por más que me revolvía más ensartada me sentía por aquel hombre todo verga. De repente Hassán, me abrió un poco más las nalgas y note como un salibazo me mojaba las lindes de mis glúteos hasta la entrada semiobstruída de mi raja por la nectarina de Hassán. Ahora tu soñar, jefa.
Fue un golpe duro y seco, el muy bestia me había introducido un buen palmo de aquella gruesa verga. Sentí un dolor punzante y un mareo que empezó a remitir conforme Hassán entraba y salía en mí con su superpolla. En cada entrada notaba como mi vientre presionaba aires superfluos y cuando se retiraba hacía el efecto de una verdadera ventosa. La verga de Hassán era como un émbolo que me estaba vaciando de aire por dentro. A veces su glande golpeaba contra el final de mi vagina y el golpe en la boca del útero me producía cierto dolor. Como una loca gritaba y llenaba el invernadero de gritos, pero no eran sólo gritos de dolor sino una mezcla de pasión y excitación dislocada. Hassán me estaba follando en toda regla como lo haría un potro semental. Me estaba sintiendo como una quinceañera virgen. La mezcla de placer y dolor era eruptiva, excitante, un frenesí desbordado. El toma y daca de Hassán duró más de media hora, era insaciable, incansable, una bestia humana. Perdí la cuenta de los orgasmos que tuve en esa sola sesión de bombeo de macho desbocado.
Finalmente Hassán se corrió fuera de mi, al sacar abruptamente su polla de mi rajita, ésta se quedó palpitante como anhelante de la volvieran a llenar con ese tronco de carne dura. Mientras esto ocurría notaba como sobre mis espaldas caían espesos y calientes chorreones de semen. No paraba de caer, parecía un caño abierto. La leche le salía con tanta fuerza en espasmódicas tiradas que algunas gotas me dieron en el rostro cuando me giraba para observar a mi jinete insaciable. Con deleite apuré esas gotas saladas, pasándome la lengua alrededor de mi boca. La cara del moro era todo un poema. Desencajada, y dibujando un rictus como de dolor y placer, rugía como un verdadero león del Atlas.
Pensé que aquí había acabado todo pero me equivoqué, Hassán seguía con su mástil bien enhiesto y ahora apuntaba a mi ano. Ahora sí que empecé a tener miedo, este moro insaciable iba a romperme el esfínter con ese tronco descomunal si conseguía metérmelo en mi virginal culo. Mi marido nunca pudo encularme, pues cuando lo intentaba le dolía tanto como a mí y además, sinceramente, para poder romperme el culo a gusto le faltaba rigidez a su pene, o mejor dicho micropene si lo comparamos con el de mi actual benefactor a mis espaldas. No asustar, tu ver como ser bueno para piernas, tu andar después mejor, tu esperar que hacerte Hassán.
Hassán, jodío cabrón, me vas a partir por al mitad, deja de hacer el burro, para, paraaaa, paraaaaaaaa...ahhhh!, ahhhh! sí, sí, sí , sigueeeeee, así, sí, sí, no pares, no pareeeees, uhmmmm! me estas abriendo por atrás pedazo animal.
Hassán consiguió casi lo imposible introducirme sus más de 30 cm de polla por atrás. Al día siguiente de esta gran follada, efectivamente me dolía todo el cuerpo y las piernas me temblaban como flanes. El lunes no fui a trabajar me quedé en cama,  dolorida. Hassán me había desvirgado por atrás. Ultimamente me pierdo más de una vez sola en los invernaderos y es que Hassán me ayuda a sulfatar con su muy personal manguera la fruta jugosa de mi jardín. Es la pasión marroquí.

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