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Aquel domingo con Ana
Hacía dos días que, por fin, había conseguido salir con Ana, una chica encantadora de 27 años, que me gustaba desde algún tiempo atrás. Aquel viernes, día de mi cumpleaños, la invité a comer y, tras una preciosa jornada, al despedirnos en el coche le pregunté: "¿puedo darte un beso?", a lo que me respondió, no antes de dudar unos instantes: "bueno". La besé en la mejilla, en la oreja, en la nuca, en el hombro y, finalmente, en los labios. Ella no abrió los suyos, algo sorprendida. Mirándola a los ojos le pregunté: "¿te ha gustado?". Y, mirándome profundamente a los ojos, me dijo que sí; de manera que comencé a besarla de nuevo, aunque esta vez rozándole apenas -con la yema de mis dedos- su pecho. Pude sentir cómo daba un respingo en el asiento del coche, a la vez que abría, ahora sí, su boca. Así permanecimos un buen rato hasta que tuvimos que despedirnos, con el deseo instalado en nuestra mirada.
El domingo siguiente, por la mañana, amaneció un día precioso de primavera. Yo recordaba los momentos pasados junto a Ana, y tenía unas enormes ganas de volver a verla, así que la llamé sobre el mediodía. La desperté. Estaba en camisón y traté de imaginármela: sus piernas, que tantas veces había visto -pues siempre iba en minifalda- eran dos poderosas columnas, firmes, morenas, bien torneadas, preciosas. Su belleza, su rostro angelical, sus pecas sutiles, su sonrisa, su encanto, su dulzura, su mirada, sus ojos -océanos de luz-, su pelo rubio; sus pechos, pequeños, perfectos, intuidos bajo las gasas que apenas alcanzaban a ocultarlos levemente, acariciados hasta sentir cómo se impregnaban de placer en el coche. Sus braguitas, seguro que diminutas (siempre bromearíamos posteriormente por teléfono al respecto de su ropa interior, tan bien escogida), perfilando el raso azul -Ana es azul- de su camisón al caminar por la habitación, mientras charlábamos.
"¿Tienes algo que hacer hoy?", le pregunté. "Pues...no", me contestó. "¿Quieres que vayamos a comer a Chinchón?". "¡Vale!, pero me tienes que dar una hora para vestirme", respondió. "De acuerdo".
La fui a recoger a su portal. Cuando vi que se acercaba, al cabo de unos minutos, por el espejo retrovisor, me quise morir de gusto. Venía con un top de encaje negro, transparente, con los hombros desnudos, que dejaba entrever perfectamente su sujetador, también negro, de esos que se desabrochan por delante. Pequeño, muy pequeño. Incluso sus pechos, que no eran grandes, lo henchían de curvas sugerentes. Pantalón negro, de una tela muy fina, muy cómoda, muy "blanda", como digo yo, que marcaba sus formas a la perfección mientras se acercaba, con un movimiento de caderas que me hizo estremecer. Sandalias negras, apenas una pequeña tira para sujetarlas, mostrando sus delicados y bronceados pies con una sensualidad tan serena que desarmaba. Contemplarla siempre era un verdadero placer. No recuerdo nunca haberla visto, bajo cualquier circunstancia, y que no me produjera tal sensación. Permanecer tranquilo a su lado siempre fue tarea titánica.
Aquella mañana estaba radiante. Las cosas, a veces, surgen de los pequeños detalles. Entró muy sonriente en el coche. Aprovechó la postura cuando echaba el bolso en el asiento trasero y, mientras me acariciaba tiernamente la mejilla con la otra mano, me besó con suavidad en los labios: "Buenos días". Le acaricié el pelo, se lo eché para atrás en oleadas. Estaba espléndida, pletórica, e introduje mi lengua en su fresca boca, besándole los dientes, blancos, perfectos; mordisqueándola sus finos labios, apenas pintados, jugosos como los de una bailarina oriental. Le palpé muy sutilmente el pecho, con la palma de mi mano, que se acoplaba perfectamente a su dimensión: estaban hechos el uno para el otro. Me entretuve acariciándola, con un suave movimiento circular que repetía, al unísono, con la lengua. Intuía que aquel domingo iba a ser inolvidable, como efectivamente terminó siendo. Ana agradeció el gesto, pues me desabrochó dos botones de la camisa, introdujo la palma de su cálida mano en mi pecho, jugó con él, me frotó con firmeza como queriendo averiguar su textura, me tiró de los pelos y alcanzó mi tetilla que, para entonces, se alzaba dura y provocativa ante sus dedos. Me la apretó entre el índice y el pulgar, con suavidad al principio, con firmeza y determinación después.
Nos continuábamos besando y me retorcí de placer. Penetré más profundamente mi lengua en su boca y le desabroché el sujetador. Se estremeció. Siempre me encantó su sensualidad, entre inocente y perversa. "¿Qué, nos vamos?", le dije, con una mirada muy cómplice, mientras me incorporaba. Ana seguía el juego. Descendió su mano hasta mi ombligo, introdujo un dedo en él y ascendió por toda mi piel hasta el cuello, la barbilla y me lo pasó por los labios. Lo chupé con increíble placer. Mientras, me abrochó de nuevo la camisa, me atusó el pelo y luego miró, fija e indiscretamente, el bulto de mi pene, enormemente excitado bajo un pantalón también "blando" y, mordiéndose perezosamente los labios, decía: "Creo que hoy lo vamos a pasar muy bien".
Salimos hacia Chinchón, que está a unos 50 km. de Madrid, y llegamos sobre las dos de la tarde. No habíamos reservado mesa para comer, de manera que, en el Mesón de la Virreina, nos dijeron que hasta las cuatro, más o menos, no nos podrían atender. "Bien, iremos a tomar unos vinos antes". Llegamos a otro Mesón, el del Duende, que tenía bolera y nos pusimos a jugar a los bolos. "El que pierda, paga la ronda", bromeamos. No importaba el resultado: ver a Ana coger la bola con su preciosa mano de piel tan suave, y echarse hacia atrás con ella para tomar impulso, como una diosa, como un discóbolo griego. Merecía la pena haber esperado año y medio sólo por contemplar ese espectáculo: levemente flexionadas las piernas, realzaban aún más su culo, tan prieto, tan redondo, tan provocativamente prominente ante mis ojos, delineado en toda su redondez por unas braguitas que, efectivamente, eran tipo tanga y sólo cubrían la zona húmeda de su sexo. Los pantalones parecía que fueran a estallar de un momento a otro en mi rostro, que lo deseaba con ansiedad.
Antes de tirar la bola, me dedicó la mejor de sus sonrisas y me deshice allí mismo, como la mantequilla encima de una tostada caliente. Naturalmente, perdí la partida, absorto como estaba en la contemplación del cuerpo más perfecto que jamás haya conocido. No sin antes, eso sí, acariciarle ese precioso trasero cada vez que tocaba mi turno, masajeándolo en círculos suaves, hundiendo mi mano en la blandura de su firmeza hasta llegar justo al final de la nalga, en ese punto concreto en donde empieza el muslo. Ella bebía un trago de vino y se dejaba hacer. También me acarició el culo en un par de ocasiones, dejando arrastrar su mano hacia adelante, hasta justo un par de centímetros antes de mi enorme verga, que estaba dura y enhiesta como los bolos que nunca derribábamos. Ella se daba cuenta, y sonreía pícaramente.
Al principio me dio un poco de apuro notarla así, en medio del gentío del Mesón, pero poco a poco la atmósfera que nos iba envolviendo a Ana y a mí, me fue absorbiendo tanto que terminé por olvidarme de todo lo demás. La atención se fue concentrando, condensando. El erotismo que emanaba no permitía otra cosa. Su pasmosa naturalidad lo acrecentaba. De manera que, al comenzar la segunda partida, la "revancha", y mientras dilucidábamos a quién le tocaba empezar, la besé con fruición en el hombro, colocado detrás de ella, que miraba de frente a los bolos y debió de estar a punto de fundirlos con una mirada tórrida. La mordí en el cuello, escuché su jadeo, abierta la boca, húmeda de vino y de deseo. La contemplación de un pene erecto, a través de la ropa, parece que despierta en la mujer deseos inconfesables, y Ana tuvo aquel día numerosas ocasiones de disfrutarlos.
Me apreté más. Me froté con su culo, esta vez lo masajeé con mi polla, que adoptó una postura vertical justo en medio de su rajita, y empujé. Aquel rincón de su anatomía estaba caliente. Mi mano derecha se posó en su cadera, y la hice subir y bajar palpando el elástico de sus minúsculas braguitas, envolviendo el movimiento con un ardor y una pasión indescriptibles, acercándome hasta justo un par de centímetros antes de su valle de placer. Una vez allí, introduje mi mano por debajo de su pantalón, que tenía a su vez un elástico por toda sujeción, y bordeé su ropa interior con todo lujo de detalle, hasta memorizarla, hasta meterme dentro de ella y acariciar su piel, esa piel tánto tiempo deseada, soñada, anhelada. Descendí hasta rozar el primer cabello púbico. Debía de ir bastante depilada, pues tardé en hallarlo (más tarde descubriría que era natural -hasta eso- su escasez de vello púbico, lo que facilitaba y multiplicaba enormemente el placer de su succión, pero eso sería, por sí solo, motivo de otro relato). Lo estiré entre mis dedos como un trofeo, sin dejar de morderla el cuello, ni de acariciarla el pecho, intentando diversificar sus fuentes de gozo.
Ana arqueó su cuerpo hacia adelante y su mano hacia atrás, introduciéndola entre su culo y mi bragueta, cuya cremallera bajó lentamente mientras se entretenía en acariciarme el pene, disparado hacia su belleza, con una delicadeza nunca antes conocida por mí. Finalmente, accedió a mi calzoncillo, que era abierto por delante, hurgando en él hasta alcanzar el primer pelo, que arrancó súbitamente de un tirón mientras decía: "Es hora de ir a comer".
Nos arreglamos un poco y fuimos al otro Mesón. Allí, sentados uno enfrente del otro, en una de esas pequeñas mesas de madera rústica, con mantel a cuadros blancos y rojos, bebiendo un vino muy suave, nos miramos a los ojos intensamente, imaginando cómo se desarrollaría el resto del día. Al final de la comida -eran como las seis de la tarde-, nos quedamos solos en el comedor del Mesón. El camarero, cada vez que entraba, se quedaba mirando a Ana, pasmado ante su belleza y ese descarado erotismo que desprende, hasta hacerse denso en el ambiente, y sudaba por las sienes. Para cuando pedimos el café y unas copas, nos dejó un rato tranquilos, momento que aprovechó Ana para descalzarse, pues oí las sandalias caer al suelo mientras me miraba, humedeciéndose los labios con la lengua. Aquella imagen me erotizó, estaba tensando la ballesta como intentando averiguar hasta dónde sería capaz de resistir. Y a mí me encantan los retos.
Me recosté en la silla hacia atrás para contemplarla: era el deseo reencarnado en mujer. De repente, sentí su pie en mi tobillo; sus dedos, tan preciosos, jugueteando con mi pierna por debajo del pantalón. Me miraba complacida y divertida, con el codo apoyado sobre la mesa, bajo su cara risueña. Abrí instintivamente mis piernas y me relajé -juro que lo intenté-, abandonado a su juego. Hacía calor en aquel lugar. Recuerdo que también me descalcé para acariciar sus pies con los míos. Y así, nos echamos un trago, sin dejar de mirarnos. Creo que ambos estábamos pensando lo mismo: ardíamos en deseos de hacer el amor allí mismo, sobre aquella mesa, o debajo, en el suelo, o en una silla, o de pie contra la pared, o en los aseos; pero queríamos, también, investigar hasta dónde podríamos llegar, provocándonos, excitándonos, haciendo crecer el deseo hasta límites nunca antes experimentados.
No hubo nada premeditado, fue surgiendo, y eso multiplicó las sensaciones. Su pie pasó alternativamente de una pierna a la otra, cada vez más arriba, en zig-zag; alcanzó las rodillas, seguía subiendo, entre los muslos. Yo miraba su pie, era precioso, las uñas pintadas de un rojo que, combinadas con toda su ropa negra y su piel morena, realzaban un conjunto de una belleza exquisita; su tacto me electrizaba, me enervaba; me agaché hasta que pude besarlo, chupar sus dedos, lamer el espacio entre ellos, ese rincón reservado exclusivamente a los dioses. Recorrí sus huecos con mi lengua como en un ensueño, ¡oh Dios!, ¿cuántos huecos, hermosos e inexplorados, poseen las mujeres?
"Desabróchate la bragueta", dijo con su habitual desparpajo. Así lo hice, mirándola a los ojos y al pecho alternativamente, con aviesas intenciones. Me introdujo el dedo gordo de su pie en ella y, con gran maestría, acertó a sacarme la polla, que ardía en deseos de ser, por fin, liberada. Surgió, altiva y orgullosa, ante la atenta mirada de Ana, que hacía ademán de relamerse. Entonces, se reclinó también en su silla, como una gatita juguetona, y fue a buscar refuerzos en su otro pie que, enseguida, noté en la entrepierna. Y entre los dos, justo con el arco que forman, que es la zona más delicada del pie, pues nunca pisamos con ella, comenzaron a acariciarme, a descender mi piel y evidenciar un glande enorme, sonrosado y suave como una ciruela, con el que se le hacía la boca agua. "Llevas cinco horas empalmado, me encanta", dijo sonriendo, sin dejar de frotar mi pene, que ya casi echaba humo, como cuando quieres hacer fuego frotando un palito.
"Quítate el sujetador, por favor", le dije, entre rictus de un placer acrecentado en todo ese tiempo. No tenía tiras por los hombros, que lucían cada vez más sudorosos, brillantes y atractivos; de manera que se lo desabrochó sin mirarlo y se lo sacó por debajo del top, entregándomelo con las cazuelas hacia arriba, como si pudiera beber en él, brindando, libando la ambrosía del Olimpo. Sus pechos, desbocados ya sin remisión, flotaban entre los encajes, poniéndose sus pezones duros con el roce del nuevo tacto que inauguraban gozosos. Cogí el sujetador, lo lamí como si de su pecho se tratara, con el mismo mimo; gozando de los sentidos del tacto, del gusto, de la vista y del olfato simultáneamente, y lo llené de cubitos de hielo ruidosamente, gozando del sentido del oído, ofreciéndoselo de nuevo: "¿Quieres refrescarte un poquito?". Ana cogió el cubito más grande y, echándose hacia atrás con sensualidad, se lo restregó con deleite por la cara, por la frente, por las mejillas, por el cuello, por los hombros, por los brazos, por el pecho. Chorreaba de placer. Sus pezones ya no soportaban más tensión, y salieron disparados entre los huecos del encaje, asomados al abismo, tensos, deseosos de ser mordidos, besados, colmados. Se los acarició con el cubito y me lo devolvió. Lo chupé por sus seis lados, a medio derretir ya, pero aún tuve tiempo de pasármelo por mi sexo, rezumante con esas primeras gotitas de placer que sus pies me habían hecho derramar, y se lo puse en la boca, que tragó con fruición, humedeciendo unos labios increíblemente hermosos, jugosos, provocativos. Cuando los volvió a abrir, fue para proponer: "¿Nos damos una vuelta?"
Así lo hicimos, habíamos aparcado en un lugar un poco alejado. Aquel domingo, muchos madrileños se acercaron a Chinchón y había mucho tráfico. Cuando llegamos, no tuvimos más remedio que dejar el nuestro en las afueras. Paseamos plácidamente, agarrados muy cerquita el uno del otro, charlando sobre trivialidades pero, sobretodo, de temas eróticos. Hacíamos bromas y posturas a la vez que transcurría una conversación que, aunque aparentemente distendida y relajada, nos iba incitando y excitando más y más. Finalmente, llegamos al coche. Aún era bien de día. Estaba bajo unos árboles enormes y todavía quedaban algunos coches aparcados en los alrededores. Galantemente, abrí la puerta del copiloto e invité a entrar a Ana. Cuando se agachó para entrar, no pude evitar darle una palmada en el culo, el cual mantuvo en pompa durante unos segundos, como esperando algo más. No la decepcioné. Abrí mi mano completamente y la fui pasando con sumo cuidado por toda su redondez, por las nalgas, hasta que, de forma natural, casi sin querer, por la inercia que proporciona la gravedad de un sol que atrae hacia sí a sus planetas, mis dedos centrales fueron cayendo hacia el centro de su ser, hundiéndose en él hasta que dejé de verlos.
Por primera vez, sentí el verdadero tamaño de sus braguitas allí donde más falta hacen. Y es cierto: cuanto más cerca del sol, más caliente está la atmósfera, aunque en este caso con un calor terriblemente húmedo. Una vez allí, mantuve mi posición, en un movimiento de vaivén que pareció encantar a Ana, pues contraía los músculos de los glúteos cuando apretaba, y los relajaba cuando yo aflojaba, en un oleaje inmenso y eterno de placer cósmico. La textura del pantalón permitía que mis dedos se introdujeran un poquito en su vulva, tan cálida, tan sedosa, tan gratificante. Desconozco si, a lo largo de ese domingo, Ana había experimentado antes de ese instante algún orgasmo, pero sin duda aquél fue de los que hacen época, de los que se pueden ver, palpar, gustar, oler y escuchar. Glorioso.
Cayó exhausta en el asiento, mientras yo entraba en el mío. "Gracias", me dijo, dándome un casto beso en la mejilla, "ha sido maravilloso". "De nada, ha sido un verdadero placer, créeme", la contesté, besándola la puntita de su nariz. Permanecimos un buen rato sentados en el coche, escuchando música, hasta que sentí una mano apretar mi pierna, abarcarla, acariciarla entre la rodilla y el muslo. Miré a Ana, estaba recuperada y en plena forma, le brillaban los ojos de malicia. Comprendí el mensaje. Recliné su asiento todo lo que daba de sí hacia atrás y la empecé a besar detrás de una oreja, intentando palpar con mi lengua el agujerito del pendiente -que no llevaba-, allí donde la piel es tan dulce y tierna; haciendo tintinear su lóbulo con mi lengua, como si de un gigantesco clítoris se tratara. Se contraía a cada lametón, pidiendo más. La mordí, la mordí en el cuello (a la mañana siguiente apareció con moretones en distintos rincones de su cuerpo, aunque he de decir que yo también) mientras mi mano la acariciaba su mejilla, hasta deslizar mi dedo pulgar entre sus labios, que mantenía entreabiertos, mordisqueándolo. Luego descendí hasta su pecho. El sujetador estaba guardado en el bolso y sólo una muy ligera malla me separaba de sus preciosos montículos gemelos (twin peaks, como le escribí en una carta). Nunca había estado tan cerca de sentir directamente sus pechos, y ese pensamiento me incendió. Me encendí como la llama olímpica, que dura quince días encendida. Ana lo notó y comprendió mis deseos, pues una mano furtiva se deslizó hasta mi cremallera, tanteando el terreno: durísimo. Me desabrochó el botón del pantalón, que saltó como un estallido libertador; me rozó previamente por encima, para apreciar mi estado, cada vez más presto.
"Me encanta sentirte así", me susurró al oído, mientras me masajeaba. "Es mi estado natural cuando estoy a tu lado; pero ten cuidado, alguien podría vernos", le contesté, para tantear su reacción. "No te preocupes", me contestó, "si la tienes como en el Mesón, el espectáculo es soberbio, envidiable. ¿No te excitaría que alguna parejita de esas que hemos visto por el pueblo, se extasiase con ésto?", me dijo, a la vez que bajaba mi cremallera lentamente. "En ese caso, también tendrían derecho a admirar tus encantos", respondí, mientras deslizaba hacia abajo su top, dejando al descubierto un valle precioso, suavemente curvado, perfecto. No le descubrí el pecho, todavía. Me dediqué a besar sus increíbles hombros, bajando mi lengua por sus brazo, hasta introducirla en su axila, depilada y evocadora de mil placeres desconocidos (¡oh Dios, ¿cuántos huecos tienen las mujeres?). Ella apretó el brazo, como para no dejarme entrar allí, y lo masajeó, con mi lengua dentro, en un movimiento claramente masturbatorio, que me erotizó aún más.
Para aquel entonces, su mano había concluido de bajarme la cremallera y me apartaba ahora los dos triángulos de pantalón hacia afuera, abriendo paso, como para sentirse muy cómoda con lo que se apresuraba a hacer a continuación. La casualidad quiso que, justo en ese momento, acertara a pasar al lado del coche una parejita muy joven, como de unos dieciocho años, que seguramente habían aparcado unos metros más atrás. Venían de frente a nosotros. Yo los vi primero. Ellos nos miraban, un poco extrañados, pero a la vez con curiosidad, sin duda, expectantes al vernos en tal postura. Juraría que, inconscientemente, disminuyeron el paso, intuyendo que algo estaba a punto de suceder, y no querían perdérselo, aparentando discreción, eso sí, y suponiendo que, en nuestro estado, no repararíamos en ellos. Aquella situación me excitó sobremanera, me sentía terriblemente orgulloso de tener al lado a la mujer más maravillosa del mundo, a punto de acariciar mi más preciado tesoro -por primera vez-, mientras yo la hacía disfrutar también, a punto de acariciarla definitivamente el pecho -por primera vez- y, además, la presencia de dos tiernos e inocentes testigos para contemplarlo todo y aclamarlo a los cuatro vientos. Me sentía un poderoso héroe mitológico y quise que sintieran envidia de mi momento de éxtasis.
Entonces, observándolos fijamente, como para atraer su atención, y una vez estuve seguro de que nos miraban, deslicé totalmente hacia abajo el top de Ana, que aún permanecía ajena, absorta en su caricia, irreversible ya, a mi pene, todavía oculto. Les mostré su pecho, que sujeté por debajo, realzándolo, como en una ofrenda, como se eleva un cáliz místico. Quise que lo vieran antes que yo, lo que colmó mi sentido varonil de la posesión. Se miraron el uno al otro, como preguntándose si debían salir corriendo o quedarse -como deseaban- a contemplar el resto. Deseaba que los dos se excitasen con nosotros. Acaricié dulcemente el pecho, con delicadeza. Parece que se decidieron por la segunda opción. Ana se retorcía en el asiento, los ojos cerrados, dejándose llevar por sensaciones exuberantes. El joven cruzó sus piernas, visiblemente nervioso. Ana no pudo resistir más y, agarrándola con fuerza, hizo emerger mi polla como un torrente, como un ciclón, como un tornado cuyo epicentro reside en las profundidades abisales del placer más remoto. La joven se mordió los labios, visiblemente nerviosa. Besé en la boca a Ana, con una intensidad que no recuerdo, ni antes ni después de aquel instante. Le frotaba un pecho, luego el otro, arañándola, pellizcándola, introduciendo mis yemas en su piel, en sus poros rezumantes. Ella me masajeaba con fruición, con absoluta entrega, con un deleite compartido; muy, muy compartido. Los jóvenes se estrecharon entre sí, visiblemente nerviosos. "¿Sabes que nos están observando?", susurré al oído de Ana. "¿Cómo?, no puede ser". "¡Mira!", la indiqué con el índice apuntando a la pareja, visiblemente desconcertada.
Ana se los quedó mirando largo rato, en silencio, sin reaccionar, sin moverse -eso incluye sin soltar mi pene y sin vestirse-, intentando adivinar qué habría pasado por sus cabezas, qué sensaciones les había producido todo aquéllo. Creo que estuvo a punto de preguntárselo. Hizo un imperceptible ademán de acercarse a ellos, que finalmente salieron corriendo. No tuvo noción, al igual que Eva, de su desnudez, ni de la de Adán: fue sencillamente expulsada del paraíso. Sin desviar la mirada, perdida, del espacio en donde un instante antes habían estado los jóvenes, absolutamente abatida dijo: "Anda, llévame a casa".
Hicimos el viaje de regreso en absoluto silencio. Coloqué mi mano derecha sobre su mano izquierda, acariciándola. Soy zurdo, o mejor dicho ambidiestro, de manera que estoy acostumbrado a cambiar las marchas del coche también con la izquierda, sin soltar apenas el volante. Lo hago de vez en cuando, como un ejercicio, por si algún día, lesionado de la diestra, deba hacerlo obligatoriamente así. No pareció sorprender a Ana tal habilidad, absorta como estaba en sus pensamientos más íntimos. Sólo apretaba la mano que tenía cogida, eso sí, como para aprehender la mía, como para comprobar que seguía allí, a su lado, a pesar de todo. Puse una cinta en el cassette, daba igual Juan Luis Guerra que Chopin, lo importante era romper aquel silencio, tan denso como la lluvia que empezó a caer a mitad de camino. Ahora, ya era de noche. Tardamos un poco más de lo habitual en llegar. En esta ciudad, cuando llueve, todo el mundo conduce con una precaución tan exagerada, como parca cuando no llueve.
Llegamos a su portal. Pude aparcar unos metros más arriba. Apagué las luces y el motor. No dijimos nada. Ni siquiera nos miramos. La intimidad, pensé, está garantizada: es de noche y, además, el calor del interior del coche hace que los cristales estén repletos de vaho. Estamos solos, en medio de la ciudad. Besé a Ana. Con una ternura recién estrenada: había empezado a amarla, o al menos a darme cuenta de ello (¡cuánto llegaría a amarla después...!). Pareció necesitarlo y agradecerlo, pues respondió inmediatamente. Tibia, al principio, se fue desinhibiendo a medida que mis labios se apretaban a los suyos. Sintió mi calor y vino a refugiarse en él, como en un brasero de los de mesa camilla. Y sentí que aquellos besos me excitaban, de una forma distinta, es cierto, pero me excitaban. Ana quiso averiguarlo, supongo, porque posó su mano, con la ligereza de un pájaro, en mi pene. Erecto. Llevaba así diez horas. Lo acarició de nuevo, como una madre acaricia la cabeza de su niño, con ternura, lenta, serenamente, con miedo a herirlo si se descuida; con el temor a un posible rechazo -los niños, esos imprevisibles desconocidos-. Hice lo mismo en su pubis. Abrió ligera, imperceptiblemente, las piernas, sintiéndose, de nuevo, aceptada. Deseada. Miró de reojo alrededor, para cerciorarse de nuestra intimidad. La única luz que llegaba, muy tamizada, de una farola lejana, era insuficiente para ver, desde el exterior, lo que ocurría dentro del coche. No dijimos una sola palabra. Me desabrochó la bragueta. Me acarició. Su pantalón de elástico, llevaba, no obstante, botón y cremallera a su vez. Los retiré, pasando mi mano por encima de sus braguitas, descendiendo hasta sentir el asiento del coche bajo mi mano. Me sacó el pene, mirándolo con admiración, con respeto; también con deseo. Lo deseaba ardientemente, sólo para ella. Mi mano hizo elevar la pelvis de Ana lo suficiente como para bajarle el pantalón hasta los tobillos y extasiarme en su belleza transformada. Le acaricié las piernas, los muslos, la parte de atrás de las rodillas, la entrepierna, que noté nuevamente húmeda. Mis dedos se hicieron hueco dentro de sus braguitas y rocé, por fin, aquello que tanto deseaba: estaba blandito, jugoso, mojado, sensible, anhelante: entregado. Con la yema de mis dedos lo acaricié de arriba a abajo. Lo exploré, lo conocí, lo disfruté. Abrí levemente los labios mayores y profundicé. Ana cerró los ojos, acariciándome, a su vez, el pene, ya fuera de su inquietante habitáculo. Movía su mano con soltura, pero con suavidad. Retiró mi prepucio hasta poder liberar completamente el glande, y rozó con su pulgar el límite entre éste y el resto del tronco, el lugar más sensible de un hombre, intenso momento que aproveché para introducir un dedo en su vagina. Luego otro. Hasta el fondo. Ella me plegaba la piel, recogiéndola cerca de los testículos, que se acercó a acariciar, retirando la ropa que los ocultaba. Yo sacaba los dedos y, alternativamente, la acariciaba el clítoris, que vibraba entre ellos como un diapasón: muy rápidamente, pero con un recorrido breve. De vez en cuando, llevaba mis dedos a su boca, con doble intención: que chupara sus propios jugos, lo que la encantaba, y que los humedeciera con su saliva para suavizar la penetración y las caricias que le proporcionaban.
Así permanecimos durante muchos minutos, entregados a otorgar el mayor placer posible el uno al otro, como si para ambos fuera la primera vez. Y lo era. Aquel momento no se me olvidará jamás, regresamos al paraíso terrenal y eso, quedará grabado en mi memoria para el resto de mi vida. Ana alcanzó el orgasmo dos o tres veces. Un orgasmo casi silencioso, relajado, pero muy profundo. Se removía en el asiento con una sensualidad tan contagiosa y excitante. Yo no había eyaculado todavía, pero mi pene rezumaba esa espumilla previa que tanto placer proporciona, lubricando los movimientos magistrales de la mano de Ana, cada vez más rápidos. Me lo iba inclinando hacia afuera, hacia mis rodillas, aumentando con ello su dureza, su longitud: su plenitud. Como un testigo de las carreras de relevos. Nos introducíamos recíprocamente los dedos en los labios, sorbiendo los productos exquisitos de nuestros sexos; nos los restregábamos por la cara, por el pelo, por las piernas, por el pecho; nos los untábamos como la mermelada, a un lado y a otro, y el ambiente se fue impregnando de un inquietante olor a hembra y a hombre.
Tras uno de los orgasmos más fuertes, Ana sintió necesidad de algo más e, inclinándose hacia mí, bajó su cabeza para lamer mi polla. Se la introdujo en la boca con parsimonia, como para hacer elástico y duradero el momento, con recogimiento místico, con absoluta dedicación, con éxtasis. Yo quería morirme allí mismo. Traspasar el límite de la carne, fundirme con el Todo, desembocar en el océano; desintegrarme para integrarme en algo mucho más grande, infinito. La inmensidad, pensé, el mar. Su boca, la entrada a esa nueva y desconocida dimensión, su boca dulce y amable. La penetré. O acaso me penetró, no sé, perdí la noción de las cosas tangibles. El caso es que abrí las piernas todo lo que pude, y mi pelvis se elevó hacia sus labios gozosos. Me la chupó sonoramente, introdujo el glande en sus mofletes, hinchando sus carrillos con él, recorriendo todo el interior de su boca, sin dejar ningún rincón por explorar. Entraba y salía como un fuelle, con un ritmo marcado, preciso. Su lengua me lamía allí donde más placer me proporcionaba. Sus labios besaban mi verga centímetro a centímetro, por el exterior, hasta bajar a mis huevos para volver, lentamente, a la cabeza, que succionaba con si de un chupete se tratara.
No recuerdo una mamada como aquélla. Desconozco cómo pude resistir tanto tiempo sin correrme (¿gracias al aprendizaje tántrico de mi mocedad?), pero esa resistencia volvía loca a Ana, que disfrutaba de lo lindo, y deseaba prolongar lo más posible el contacto de mi feroz erección en sus fauces. De vez en cuando, la sacaba de su boca para acariciarse la mejilla con ella, la apretaba contra su piel, tan suave, masajeándola con la palma de la mano abierta, sintiendo mis latidos en su cara. Sintiendo todo el poder de la creación en sus manos, que palpaban su forma con fervor. Luego, volvía a introducírsela en la boca nerviosamente, como si fuera ella quien estuviera a punto de derramarse (después me confesaría que tuvo, al menos, otros dos orgasmos más mientras me la comía). Y esa es, precisamente, la sensación que quise experimentar: poder sentir, al igual que las mujeres, diversos orgasmos antes del definitivo, cada uno más fuerte que el anterior, inmerso en una marejada de placer, en un vórtice de gozo que crece en espiral, dedicado a quien te lo está proporcionando, dedicado a quien lo está compartiendo contigo. Y el resultado fue, sencillamente, asombroso...
Seguía lloviendo. Ana miraba las gotas repicar en los cristales del coche. Creo que también se sentía colmada, cuando apenas habíamos comenzado. Por eso, debió de ser tan breve nuestra relación. Por eso fue fantástica, fabulosa, indestructible. Sin dejar de mirar la lluvia, me tomó la mano, esa misma que durante 50 km. había acariciado la suya, y me preguntó: "¿Quieres mojarte un poco?". La miré a los ojos y pensé: estás perdido, aquí yace tu cordura. ¡Adelante, pues!. La apreté la mano con dulzura y contesté: "Sí, anda, vamos". Bajamos del coche y corrimos hasta su portal, riéndonos bajo la lluvia. Abrió la cerradura y la noche nos engulló, camino de su apartamento.

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