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Predestinadas
Manuela trató de encontrar la palabra que representara en la mejor forma posible la sensación que tenia en ese momento, pero no la encontró, de modo que cuando su novio le preguntó por segunda vez que era lo que le pasaba ella volvió a responder
- Nada.
Sin embargo era verdad, solamente se sentía distinta, extraña y eso la llevaba a permanecer en silencio mientras José conducía el automóvil por la carretera casi vacía. Era un día Domingo.
Manuela siempre había temido un poco que llegara este día, en que habría de conocer personalmente a la familia de su futuro esposo, y esto era porque, tanto había oído hablar de ellos que de alguna manera temía no poder responder a las expectativas que seguramente sus suegros y su cuñada se habrían hecho respecto a ella.
Se había esmerado en vestirse de una forma que la favoreciera, aunque realmente no lo necesitaba en absoluto. Ella sabía que era una mujer hermosa, si bien su temperamento tranquilo y casi recatado, nunca la había llevado a sacar partido de esta condición.. Pero le importaba mucho la percepción que de ella habrían de formarse sus futuros parientes y sabía que la primera impresión era fundamental.
José respetaba su silencio porque lo interpretaba como propio de la ansiedad de la situación y no insistió en sus preguntas porque, en realidad tenia tal confianza en su novia que ningún pensamiento extraño albergaba al respecto. Sabia que ella lo amaba y para el Manuela era su mayor tesoro.
Pero la extraña sensación sin nombre comenzó a extinguirse desde el mismo momento en que entraron en la casa y los padres de José la acogieron con tales muestras de aceptación que Manuela se sintió de inmediato como sumida en un ambiente tan agradable que su mente y su cuerpo se relajaron agradablemente.
Esta sensación se vio armónicamente reforzada cuando avanzó hacia ella Carmen, la hermana de José, una mujer joven, unos tres años mayor que Manuela quien la abrazó tiernamente besándola en las mejillas con tal aplomo y seguridad que le pareció haberla conocido desde siempre. Se abrazaron riendo alegremente y en ese momento Manuela supo que ahora tenía un nombre para la sensación que la invadía, era ternura.
A medida que avanzaba ese primer día Manuela se fue enterando de las rutinas familiares en la cuales la introdujo la conversación constante de Carmen, quien prácticamente se adueño de su tiempo de modo que al llegar la hora de la cena, ella estaba enterada de todo como si siempre hubiese vivido en esa casa, de modo que cuando pasaron a la mesa se dio cuenta que casi no había visto a su novio en todo el día. Hubo bromas variadas sobre esta situación durante la comida y dado que la jornada había sido cansadora se retiraron rápidamente a sus habitaciones.
Si bien, Manuela y José hacían vida en común desde hacia meses, no quisieron dar a conocer esta situación en casa de sus padres y aceptaron de buen grado estar en cuartos separados pensando quizás en alguna furtiva visita nocturna de José al lecho de Manuela. Ambos encontraban divertida esta situación.
Despertó en medio de la noche quizás inconscientemente preparada para la visita de su novio. Espero largo rato y paulatinamente se fue dando cuenta que no deseaba que dicha visita se produjera. Ella quería conservar para sí esa sensación de tranquilidad que en ese momento invadía su cuerpo y era tal su complacencia que se dio cuenta que no la cambiaría por el conocido y ardiente asedio del macho encendido que tanto placer le proporcionaba, pero que en este momento casi temía. Volvió a dormirse.
Al día siguiente, temprano, la voz de Carmen desde el pasillo exterior le decía que no se levantara porque ella le llevaría el desayuno hasta la cama y en ese momento se dio cuenta que no se había acordado de la mujer desde la hora de la cena , le pareció extraño porque prácticamente todo el día lo había pasado con ella.
A los pocos minutos Carmen apareció en su cuarto portando una gran bandeja. Vestía una camisa de hombre que le cubría muy poco y desde luego dejaba percibir sus piernas casi completamente. Manuela quedó impactada, ella se sabía de hermosas piernas, pero hubo de admitir de inmediato, que las de su futura cuñada eran perfectas. No sintió envidia, lo que habría sido muy natural en otra mujer, ella sintió mas bien admiración y se lo dijo de inmediato.
Carmen sonrió, al momento que se inclinaba sobre la cama para colocar la bandeja frente a su nueva amiga. Entonces Manuela exhaló un suspiro sin poder apartar la vista de los pechos gloriosos de la mujer, que se balanceaban airosos y perfectos allí a 20 centímetros de sus ojos. Ambas mujeres rieron de buena gana mientras intercambiaban algunas bromas referente a sus mutuos encantos.

Todo no habría pasado de eso si no hubiese sucedido lo que esa tarde llenó la cabeza de Manuela de las más inquietantes reflexiones.

Fue cerca de las cinco de la tarde cuando José logró convencer a Manuela de dar un paseo hasta el río cercano. Carmen los llevó hasta la entrada del bosque y dejando allí a la pareja, continuó en su automóvil hasta la ciudad cercana, acordando que los recogería en ese mismo lugar dos horas mas tarde.
Caminaron, internándose en el bosque y la soledad y el paisaje los fueron encendiendo con tal intensidad, que las inocentes caricias que intercambiaron en un inicio, fueron tornándose cada vez mas audaces y a los pocos minutos estaban entrelazados sobre la hierba, a la sombra discreta de los matorrales, tratando de desprenderse casi torpemente de sus prendas mas intimas.
Pronto sus cuerpos estuvieron prestos para el encuentro y José sintió que quizás nunca, como en ese momento, percibía lo glorioso de la unión con esta mujer maravillosa que pronto habría de ser su esposa. Manuela, a su vez, se sentía presa de una pasión que en este momento parecía atravesar todos los limites del placer y se entregaba con tal intensidad que por momentos perdía el sentido de la realidad en medio de los resortes infinitos del placer corporal que la invadía.
Y se dejo buscar y encontrar y se entregó de mil formas y dejó que su mente se llenara de fantasías prohibidas que ahora se hacían realidad, de modo que cuando la invadió el más supremo de los placeres, casi había perdido el juicio y no se dio bien cuenta, en ese momento, cuando le dijo a José, como suplicándole, en medio de los estertores de su orgasmo monumental.

- Dime... por favor dime...

y el igualmente extasiado le pregunto .

- Que quieres que te diga?..

- Dime Carmen... Dime Carmen---

y el no alcanzó a tener plena consciencia de su pedido porque lo invadía un placer supremo , de modo que no le dijo nada y ambos se quedaron tranquilos, en silencio , respirando enérgicamente y recobrándose.

Dos o tres veces, durante el resto de la tarde, volvió a la mente de Manuela el extraño momento final de su encuentro amoroso, pero la evocación era corta y anecdótica, sin significado alguno, y no fue sino hasta la noche , en su cama , antes de dormirse, cuando se le instaló en la mente y ya no lo pudo sacar de allí, si bien tampoco ella hizo esfuerzo alguno por arrancarlo.
Recordaba perfectamente el momento y ahora podía reconstituirlo en detalles.
Sabía que todo había comenzado en el momento en que José, acariciándole los pechos desnudos besaba sus pezones encendidos y se le había venido a la mente la belleza inaudita de los pechos de Carmen oscilando ante sus ojos cuando esa mañana le había llevado el desayuno.
Esa imagen se le había hecho presente, porque en realidad nunca la había dejado de evocar y en ese momento sólo la había recuperado de su mente y mientras las piernas de José separaban sus muslos para poder penetrarla, ella había recuperado la imagen admirada de los muslos de Carmen y así se sintió, ella, en cuerpo y alma y un deseo que ahora no sabía si era malsano , diabólico o incestuoso, o quizás todo eso junto, la había invadido, con una intensidad tal, que no supo ni quiso dominar, porque se daba cuenta que jamás había sido tan feliz como en ese momento en que ella sentía ser Carmen, la mujer hermosa que la había acogido en su casa llenándola de ternura.

Siguió largo rato despierta, en una vigilia poblada de imágenes en las cuales se le presentaba el cuerpo de Carmen en las posiciones más osadas y sugerentes, sin olvidar en ningún momento, que esa mujer que ella imaginaba ardiente, se encontraba durmiendo allí a unos pasos de su cuarto y varias veces tuvo que luchar contra sus impulsos incontrolados de correr a despertarla para contarle lo que le pasaba. Pero al fin el sueño la venció, para despertar cerca del amanecer, pero sin haber logrado la tranquilidad. Sin embargo no pudo entender bien lo que le pasaba hasta unas horas mas tarde.

Sin esperar esta vez que Carmen le llevara el desayuno hasta su lecho, y vestida únicamente con su tenue bata de noche, se encaminó decidida al cuarto de su futura cuñada para poder aliviar su mente conversando con ella de sus perturbaciones a fin de lograr encontrar reposo y apoyo.
Ya en el cuarto de la mujer, se dio cuenta por el sonido del agua que ella tomaba una ducha y que habiéndola sentido llegar le había gritado desde su sitio que por favor la esperase.
Manuela de pie en el centro del cuarto, sentía como el corazón agitaba de tal forma su pecho que sus hermosos pezones latían al ritmo atropellado de sus latidos llegando a molestarle el tenue roce de la tela de su bata. Fue en ese momento cuando vio sobre la cama de Carmen los pequeños calzones que formaban seguramente parte del atuendo de noche de su amiga.
Las manos le temblaban cuando los tomo entre sus dedos y pudo comprobar la tibieza característica de la prenda que solo momentos antes seguramente guardaban la parte mas intima del cuerpo de una mujer.
La acercó a sus mejillas y pudo comprobar que esa tibieza era verdad y que el aroma, personal, femenino, que de ella emanaba era sin duda algo de la presencia real de la mujer.
Manuela, con el rostro encendido por el deseo, miró hacia la puerta entreabierta del baño, desde donde el sonido del agua le indicaba que Carmen aún estaba bajo la ducha y con inusitada presteza se deshizo de su bata quedando desnuda junto a la cama, entregándose a la tarea casi instintiva de vestir los calzones que aún guardaban el calor de su amiga.
Se inclinó, para poder hacerlos pasar por sus pies desnudos y luego disfrutó, con un prohibido deleite, el roce diabólico de sentir esa prenda deslizándose por sus muslos perfectos y separó levemente sus piernas hasta permitir que sus nalgas, divinamente contorneadas, ocuparan el prohibido espacio de la prenda ajena y luego acarició suavemente con la palma de su mano su sexo ya cubierto, como queriendo tranquilizar a un pequeño animal selvático que quería revelarse allí justamente en el vértice de su vientre perfecto.
En ese momento cesó el sonido de la ducha y Manuela sin tener mayor tiempo, volvió a vestir su bata, justo en el momento en que Carmen se presentaba cubierta únicamente con una pequeña toalla que con mucho esfuerzo lograba contener sus pechos vigorosos y cubrir exactamente su vientre.
Con rápido movimiento Carmen se deshizo de la toalla que la cubría para secarse el cabello y en ese momento quedó completamente desnuda ante los ojos de la otra mujer. La visión dejó clavada en el suelo la figura de Manuela que se dio cuenta, en ese momento, de donde venía todo el hechizo del que ella era presa desde la tarde del día anterior en el bosque.
Se dio cuenta que del cuerpo desnudo de Carmen emanaba una especie de atracción irresistible a tal punto que ella no podía apartar la mirada y se había quedado muda y estática, mientras Carmen seguía haciendo sus cosas con la naturalidad de cualquier mujer desnuda frente a otra mujer amiga, segura de no producir ningún impacto ni curiosidad. Por lo tanto caminaba por el cuarto buscando lo que necesitaba para arreglarse y sin dejar de hablarle a su amiga, de aquellas pequeñeces de las que hablan las mujeres en las mañanas antes de vestirse.
Manuela seguía sus movimientos con verdadero arrobo, pudiendo ver oscilar su pechos, juntar y separar sus muslos , apreciar sus nalgas en posiciones diversas, hasta que por ultimo la mujer asombrada que su futura cuñada no pronunciara palabra alguna , se detuvo detrás de ella y abrazándola en forma divertida le dijo que le ayudara a seleccionar lo que ese día quería vestir.
Manuela sintió entonces el sexo desnudo de la mujer sobre sus nalgas, la consistencia de sus pechos presionando su espalda y sus manos englobando sus pechos y se entregó por último a una corriente desesperada que surgía desde su profunda intimidad y supo que se estaba apoderando de ella, allí clavada en el piso del cuarto, un orgasmo distinto a cuantos había nunca experimentado y que comenzaba a humedecerle los calzones de Carmen que ella no había abandonado.

Obedeciendo a un impulso que parecía ser externo a ella, y mientras su intimidad seguía latiendo desesperada, Manuela abandonó el cuarto de Carmen pretextando algo urgente que no supo explicar y desapareció rauda atravesando el gran hall de la casa mientras su cuerpo se iba desgranando dejando partes de su orgasmo monumental esparcido por el amplio espacio de la casa.
Durante el almuerzo casi no se atrevió a hablar dándose cuenta que ni siquiera había mirado a Carmen y ya bien avanzado el día terminó por admitir que no podía seguir ocultándose de ella sin darle una explicación a la extraña conducta que había adoptado. De modo que antes de la cena y mientras ambas en silencio terminaban de preparar un postre en la cocina, Manuela le dijo que deseaba hablar a solas con ella.
Carmen se detuvo en lo que estaba haciendo y le dijo riendo que le preocupaba la seriedad con que Manuela hablaba pero que si era así el lugar indicado habría de ser la biblioteca del segundo piso a la que solamente acudían por motivos muy serios. Luego riendo de buena gana le dijo que llevaría una botella de brandí ya que esa era la única manera de combatir el frío que invadía esa ceremonial sala.
Manuela que en inicio se había sentido burlada terminó por ceder al temperamento de su amiga y estuvo de acuerdo que así lo harían. La cita sería a media noche para cerciorarse que el resto de la familia estuviese dormida.
Con el pretexto de ver un programa de tv, ambas mujeres permanecieron en la sala cuando todos se habían retirado y a medianoche Carmen se adelantó hacia la biblioteca con una botella de brandí y dos vasos y Manuela le prometio que subiría en seguida.
Efectivamente así lo hizo y a los pocos momentos subía pausadamente la amplia escalera que conducía a la biblioteca. La puerta estaba entreabierta de modo que la empujó con facilidad y luego de cerrarla tras si se dio cuenta que había allí una oscuridad absoluta, pero no tuvo tiempo de sorprenderse porque al momento escucho la voz de Carmen, que ahogando una risa le hablaba desde algún lugar del recinto, que ella en ese momento no pudo ubicar con claridad. La voz le pedía que se acercara a la mesa que ahora en la penumbra podía ver en el centro del cuarto.
Había llegado al borde de la mesa cuando sintió la mano de Carmen que le tocaba el hombro. Giro bruscamente, pero la otra mano de Carmen la inmovilizó suavemente desde los hombros.

Las manos descendieron por los brazos primero y luego por los costados del cuerpo de Manuela, recorriendo el contorno de sus caderas y siguieron su recorrido descendente hasta que las manos de su amiga se introdujeron bajo su falda ascendiendo ahora suavemente entre sus muslos desnudos al paso que percibía el aliento caliente de la mujer pegado a su rostro-
La tensión que se había apoderado inicialmente de Manuela fue cediendo, para ser reemplazada por una sensación de relajamiento caliente que crecía en forma volcánica al paso que los labios de Carmen buscaban los suyos como preludio al encuentro de sus lenguas..
Mientras la mano de Carmen seguía explorando su cuerpo Manuela comenzó a recibir el mensaje que Carmen dejaba en su oído, como un torrente contenido que ahora nadie podría detener.

Le dijo que la deseaba desde el momento mismo que la había visto por primera vez, que había adivinado desde entonces cada parte de su cuerpo, que sus insomnios, desde hacia tres días, no tenían interrupción de sueño, que ardía en las noches y que había tenido que castigarse para no correr hasta su cama para enrollarse en sus muslos, que se mordía los labios para sentir que eran los suyos martirizándola, y que si ella no le hubiera hablado esa tarde esa noche habría ido a su cuarto aunque su hubiese acabado el mundo.

Carmen la había ido desnudando paulatinamente al paso que ella la desnudaba interrumpiendo tan solo la tarea para besarse cada vez con besos más diabólicos y sin que en ningún momento Carmen dejara de continuar su confesión.

Le dijo que esa tarde, en el bosque, había regresado para espiarlos desde la espesura acercándose cada vez mas y que había observado con detalle y con calentura creciente todo lo que habían hecho con José. Que la pasión la había invadido en tal forma que se había deshecho de su ropa intima y había disfrutado a lo lejos con su hermano la posesión de su cuerpo y que creyó morir cuando escucho que ella quería que la llamara Carmen y que el orgasmo que la había invadido en ese momento casi la tumba para siempre, porque sintió que el corazón le explotaba porque se había dado cuenta que estaban hechas la una para la otra y que si no llegaban a ligarse las dos terminarían por enfermar.

Las mujeres estaban ahora completamente desnudas entregadas a las caricias mas completas y audaces, liberadas de todas las cosas que se habían ocultado y rotas todas las barreras que podrían existir entre ellas, cruzaron ese espacio que constituye el tabú entre los sexos y supieron que estarían unidas para siempre.

Los días que siguieron fueron el inicio de un paraíso que ellas construyeron con la inteligencia que da una pasión compartida entre dos mujeres ardientes. Inventaron mil ocasiones para encontrarse, se besaban
Desesperadamente tras las puertas, se duchaban juntas en el cuarto de una o de la otra, conocieron de todo los rincones de la casa aptos para amarse y sembraron el bosque con los recuerdos de sus orgasmos distribuidos entre la belleza natural del entorno y una tarde de calor huyeron de la casa buscando la frescura del río y se amaron desnudas dejándose llevar por la corriente, como si eso fuera el símbolo de una vida nueva cuyo futuro no sabían como resolver, pero que las llevaba irremediablemente a permanecer juntas en su delicioso secreto.

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