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La cacería de conejos
Mi marido es miembro de la baja nobleza española y ostenta el rimbombante título nobiliario de Marqués. No obstante nuestra vida no se asemeja en nada a la de esos acaudalados nobles, Grandes de España que de cierta manera viven, si bien no de sus privilegios de clase ya abolidos por la historia, sí al menos de sus numerosas propiedades en forma de fincas, castillos y palacetes. Nuestra vida es de lo más burguesa: vivimos en un piso grande del Barrio de Salamanca en Madrid. No se puede decir que vivamos en la miseria, pero por otro lado tampoco somos ricos. Mi marido debe ejercer una profesión liberal para poder ostentar este nivel de vida más o menos acomodado. Actualmente se dedica a intermediar en transacciones inmobiliarias y en negocios de exportación e importación con los países del área germanoparlante. Y es que mi marido estudió en Suiza, en un internado de Zürich, por lo que domina perfectamente la lengua alemana. De sus heredadas posesiones conservamos un viejo caserón, con blasón de piedra sobre el portalón, en plena campiña manchega, con viñas y hasta con coto de caza incluido. Allí vamos de vez en cuando a pasar algunos fines de semana. Mi marido era muy aficionado a la caza y rara vez acudimos solos a aquel caserón señorial, aunque ajado por el paso de los siglos. Los amigos de mi marido cuando se levanta la veda acuden siempre que pueden a nuestra coto para practicar el noble deporte de la caza. Nuestro coto no es muy grande pero abundaban en él las codornices y conejos de monte.
A pesar de haber acudido infinidad de veces a estas veladas de cacería nunca conseguí entusiasmarme por tan brutal y sangriento deporte. Aquellos fines de semana constituían para mí un verdadero suplicio de aburrimiento, que a duras penas conseguía mitigar con la lectura. A mi marido le molestaba que yo no me esforzara ni tan siquiera por disimular ante sus amigos mi repulsa y desprecio por la cacería.
Algunas veces acudían también las mujeres de los amigos de mi marido y me hacían compañía en el gran salón ante una chimenea chispeante mientras ellos se dedicaban a pegar tiros adiestro y siniestro a todo bicho que se moviera en el coto colindante. No sé si sería la diferencia de edad o tal vez la falta de conexión lo que me impedía divertirme charlando con aquellas señoras estiradas y vetustas.
Mi marido me dobla casi en edad: yo tengo 35 años y el 65. Me casé muy joven y entonces, hace 13 años, era una cría que buscaba en un hombre ante todo la posibilidad de salir de casa y poder ir de copas y de restaurante invitada por mi pareja. En Arturo, mi marido, encontré a esa persona madura y atenta, capaz de leer en mis ojos el más leve capricho que me colmaba con mil atenciones y detalles. El era muy diferente a todos los otros jóvenes e impulsivos amantes que tuve anteriormente. A sus 52 años era un hombre que apenas aparentaba ese declive que otorga la edad; hasta sus incipientes canas me parecían atractivas. Por lo demás debo decir que Arturo me supo hacer el amor de manera diferente, muy pausadamente, parándose y haciéndome descubrir cada rincón de mi cuerpo. Con él aprendí a disfrutar y conocer mi cuerpo. Su experiencia me abrió los sentidos para el más exquisito placer. Claro que entonces Arturo no tenía problemas de erección, algo que empezó a manifestarse apenas hacía unos años. Muy lejos quedaron aquellos encuentros pausados pero de intenso y exquisito sexo. Pasaban los días y las semanas, incluso los meses sin poder sentir su polla dentro de mí, y cuando esto ocurría últimamente, los encuentros amorosos eran como ráfagas de corta duración, pues él ya tan sólo perseguía aprovechar su inesperada y escasa erección, metiéndomela sin mayor contemplación y preludio. Esto sólo provocaba en mí desesperación y profunda insatisfacción sexual. Lo cual me convertía en una mujer vieja y neurótica. No obstante jamás engañé a mi esposo y hasta cierto modo me estaba acostumbrando a estar en dique seco.
En aquel otoño del 99 mi marido había convocado una vez más a sus amigos cazadores para hacer una batida por el coto, había exceso de conejo de monte y había que reducir la población de esta especie. A regañadientes acudí con él al caserón no ya sólo por el aburrimiento que esto representaba para mí, sino porque por añadidura me hartaba de trabajar adecentando los múltiples aposentos del caserón, cambiado sábanas en las camas y cocinando para una jauría hambrienta de cazadores. Desgraciadamente no nos podíamos permitir el lujo de mantener servidumbre en el caserón, como hubiese sido lo propio de una casa blasonada.
El viernes por la noche se congregaron unos 8 amigos de mi marido en nuestra casa. Don Otilio acudió esta vez acompañado de su hijo José Luis. El muchacho tendría unos 27 años, trabajaba en un famoso bufete de abogados en Sevilla y al igual que yo acudía a regañadientes a esta velada de caza, animado por su septuagenario padre.
José Luis me animó un poco la velada. Su discurso era ameno y actual. Con él pude hablar de cosas que no fueran los negocios, las finanzas, la caza o la situación política del país. A la luz de la chimenea y con una generosa copa de brandy en la mano empezamos a reírnos juntos en una distendida tertulia, apartados de los demás "cazadores". José Luis tuvo hasta la deferencia de ayudarme a retirar los platos a la cocina una vez concluida la cena. Incluso se puso un delantal y ni corto ni perezoso se puso manos a la obra para fregar platos, bandejas y cubiertos, todo esto lo hacía mientras ,me contaba chistes y me hacía, con ese gracejo andaluz, atrevidos piropos. Yo cada vez más animada a su lado, me reía mientras le ayudaba secando la vajilla. En un momento, sin darme yo ni cuenta, José Luis se me acercó por detrás y me dio un cálido y largo beso en la nuca. Mi cuerpo se estremeció,... no sé si de placer electrificante o de sorpresa. El caso es que de la impresión dejé caer el plato que tenía en la mano.
- Pero chiquilla, si sólo te he acariciado,...imagínate si te la hubiese metido. - ¡Calla, loco...que me has asustado! - Por cierto estoy loquito por comerte enterita y por follar contigo - No seas imprudente, que soy una mujer casada.
José Luis me agarró fuertemente por la cintura y me empujó hacia él, con su otra mano en mis nalgas me empujó hacia su entrepierna pudiendo yo notar un tremendo hueso duro a la altura de las ingles. Un golpe casi eléctrico recorrió mi cuerpo, hacía demasiado tiempo que nada parecido se me había acercado a mi coño. Quise protestar y apartármelo de mí, pero su brazo fuerte me lo impidió y su boca me selló la mía en un larguísimo y asfixiante beso en el que se entrelazaron desesperadamente nuestras lenguas. Cuando apartó su boca de la mía me miró desafiante y muy seguro de si mismo me dijo:
- Quiero follar contigo y no me digas que no...veo que lo deseas tanto como yo. - Estás loco, nos pueden ver y además quién te ha dicho que yo quiera acostarme contigo.
Sin mediar media palabra, José Luis me levantó la falda y con total desparpajo metió una mano bajo mis braguitas y con absoluta impudicia introdujo dos dedos en mi lubricada vagina. Estupefacta y a la vez enganchada a él por tan canalla actitud me quedé mirándole con la boca abierta y los ojos como platos.
- ¿Y esto qué es?
Me decía el muy cabrón mientras me mostraba sus dos dedos completamente lubricados por una viscosa y transparente sustancia. Sin pensárselo mucho, acto seguido se los chupó con ostensible deleite.
- Uhmmmm, que rico y que saladito debe estar tu coñito...te prometo que te lo voy a comer enterito.
Aquellas palabras me hicieron encenderme la cara de un rojo de rubor indisimulado. Notaba además que mi coño chorreaba verdaderos ríos de flujo vaginal. El muy cabrón había conseguido ponerme a cien con tan sólo unas palabras y unas actitudes atrevidas. Pensé que jamás sucumbiría a tan burdas y directas provocaciones y ese lenguaje directo. Me di cuenta que mi cuerpo de 35 años aún estaba deseoso de placer y que la llama entre mis piernas no se había apagado sino que las ascuas abrasaban más que nunca...sólo me faltaba ese fuelle que soplara con fuerza para avivarme por dentro. José Luis parecía estar llamado a ser ese inesperado fuelle.
- Ni lo intentes, mi marido y yo dormimos en el mismo dormitorio y mañana después de la cacería nos iremos todos a nuestras casitas. Aunque quisiera, que no quiero, no será posible. Así que date una buena ducha fría que no lo vas a conseguir.
José Luis sólo sonrió y se dirigió al salón para reunirse con los hombres que en ese momento estaban ultimando los planes para mañana. Mi marido llevaba la voz cantante:
- Bueno, a las 7:00 de la mañana estaremos todos abajo junto al pilón con los perros y las escopetas, a las 7 y media comenzaremos la batida, a las 9:30 haremos la primera parada para comer los bocadillos y calentarnos con café y ron, y a las 12:30 del mediodía haremos recuento y reparto de las piezas abatidas, a las 14:00 comeremos todos juntos y acto seguido daremos por cerrada la cacería.
Aquella noche apenas pude pegar ojo pensando en el atrevido de José Luis. La verdad es que me sentía halagada o más bien excitada, sí excitada...esa era la palabra adecuada a juzgar por el hormigueante cosquilleo y ardor que sentía en mi rajita. Mi marido a mi lado roncaba como un oso pardo y no se percataba de que la lujuria no me dejaba pegar ojo. Me levanté al menos unas tres veces a lo largo de la noche y una de ellas incluso me acerqué hasta la puerta del aposento de José Luis y su padre. Pegué mi oreja a la puerta y sólo pude percibir unos ronquidos de profundo sueño. Estuve casi tentada de entrar sigilosamente y susurrar el nombre de José Luis para despertarle e invitarle a que me follara en el pasillo mismo, en el salón de abajo o en el cuarto de baño. Pero afortunadamente me vino la cordura a la cabeza y desistí de tan peregrina idea. Mi coño no obstante seguía palpitando de deseo y de ser penetrado por una verga dura y potente. Hacía demasiado tiempo que no era follada con todas las de la ley.
A duras penas pude conciliar el sueño, pero a eso de las 6:45 el ladrido de los perros y el ruido de los cazadores fuera junto al pilón me hicieron despertar. Estaba muy cansada y mi cuerpo me pedía que me quedara en la cama. Fuera aún era de noche y debía de hacer un frío de perros. Estaba medio dormitando cuando de pronto vi como la puerta de mi dormitorio se abrió y alguien entraba. Pensé que era mi marido y dije sin encender la luz:
- ¿Ernesto, eres tú? - No preciosa, soy José Luis y vengo a cumplir mi promesa. - Estás loco, nos pueden sorprender, vete...tienes que ir a cazar, ya te estarán esperando.
De pronto una voz enérgica desde fuera me llamaba por mi nombre, era mi marido Ernesto. Me levanté rápidamente un poco nerviosa pensando que ahora nos iban a pillar a los dos en mi dormitorio. Me acerqué a la ventana y sin encender la luz del dormitorio me asomé a ella. Abajo estaba mi marido con siete cazadores más. Obviamente José Luis no estaba:
- Sí Ernesto, dime. - Mira Irene, nosotros ya nos vamos. Sólo quería decirte que José Luis el hijo de Don Otilio no viene. Lo encontrarás en su cama , se encuentra indispuesto y se ha pasado toda la noche de diarrea. Cuida de él...no vaya a ser que se nos rompa el polluelo.
Mientras mi marido me hablaba desde abajo yo noté como José Luis resguardado tras las cortinas y la oscuridad de mi cuarto se me había acercado por detrás me había arremangado el camisón hasta la cintura y me había roto de un golpe mis finas braguitas de encaje. Yo apenas hacía nada por pararlo, porque abajo mi marido me estaba hablando y temía que observara algo extraño tras de mí. Mientras tanto José Luis seguía a lo suyo. Me había separado bien las piernas y notaba como con sus dedos me repasaba una y otra vez mi rajita, haciéndo circulitos maravillosos e intensos alrededor de mi botoncito del placer. Me contenía a duras penas mordiéndome los labios por no soltar una alarido de gusto. Mientras tanto, el gilipollas de mi marido me estaba repasando minuciosamente su plan tramado la noche anterior. Me estaba explicando lo que debía hacer. Apenas podía prestarle atención a lo que me decía, porque el muy cabrón de José Luis me estaba trabajando de lo lindo mi chochito cada vez más mojado. De pronto noté como su lengua se introducía profundamente en mi raja y como con maestría me estaba penetrando con su puntiaguda lengua. Me estaba volviendo loca de placer. Cómo se estaba aprovechando el muy bastardo de mi situación y cuánto lo estaba disfrutando yo. De pronto noté como algo gordo volvió a repasar mi raja de arriba abajo y de abajo a arriba. Aquello no eran sus dedos. Intuí que era la punta de su polla. Note una ligera presión de su glande y mi rajita cedió sin ningún problema, estaba chorreando de placer y de emoción, mi corazón latía a mil por hora. Estaba a punto de volver a ser penetrada por una polla dura y fuerte. Hacía más de dos años que no tenía una cosa así entre mis piernas. De pronto notaba como mi raja se iba abriendo más y más y como centímetro a centímetro me estaban metiendo algo muy duro y gordo por detrás. Por momento pensé que aquello no podía ser una polla, con mi mano izquierda y sin que mi marido abajo se percatara de nada me palpé por atrás hasta que pude agarrar aquel tronco gordo y de carne dura enrevesado de gruesas venas. Era increíble, era una polla magnífica. Aquel muchacho no tenía una picha normal y corriente, parecía el rabo de un caballo. Que gusto me estaba proporcionando. De pronto me agarró la mano izquierda con fuerza a la altura de mis nalgas y luego vino lo indescriptible: un golpe seco y duro de cintura de José Luis hizo que su polla se me clavara hasta las entrañas. Fue como un dolor punzante y a la vez cargado de fuego. Sentí como aquella magna polla chocó contra la boca de mi útero y me dolió, pero la mezcla de dolor y placer se entremezclaban en una indescriptible sensación. No pude reprimir un gritito semiahogado, lo suficientemente alto como para que lo oyera abajo mi marido que seguía dándome explicaciones, el muy imbécil.
- ¿Qué te ha pasado, nena? - No, nada...es que me ha dado un escalofrío. - Bueno métete dentro y duerme un poco más. - Sí, cariño.
Cerré la ventana y allí mismo apoyada en el quicio me abandoné a las maravillosas embestidas de José Luis. Mientras veía por la ventana como los cazadores se alejaban, mi jadeos, mis gritos, mis sollozos de placer inundaron la oscuridad de aquella alcoba.
José Luis y yo nos entregamos durante más de dos horas a todo tipo de placeres lujuriosos. Mi cuerpo estaba muy necesitado y José Luis estaba muy sobrado. Cambiamos de postura varias veces: unas veces él encima mía, otras veces por detrás, otras veces yo cabalgándolo con desesperación, haciendo el 69, me "rompieron" mi virginidad anal y cubrió cada poro de mi cuerpo con sudor y rico y espeso semen de joven macho. José Luis terminó derrumbado, hasta parecía realmente que estaba pachucho, el pobre. A mí me dolían todos los huesos pero qué a gusto me sentía.
Nos duchamos juntos y esperamos el regreso de los cazadores que entre risotadas y chanzas se rieron del estado lastimoso del jovenzuelo José Luis.
- Estos jóvenes de hoy no sirven para nada, están hechos unas nenas. Irene espero que lo hayas cuidado bien. La próxima vez traigo Dodotis y polvos talco para que no se me escueza el chiquitín.
Decía su padre y todos le reían la gracia. Yo sin embargo lo miraba y le sonreía con esa picardía que sólo otorga la complicidad de haber cometido una fechoría juntos. El me sonreía también socarronamente mientras fingía un dolor de cabeza poniéndose una mano en la frente y la otra con más disimulo entre las piernas. Sólo yo interpretaba acertadamente el origen de su dolor mientras por mis muslos corrían copiosos hilos de flujo procedente de mi escocido pero satisfecho coño.
Fue en aquel otoño del 99 cuando me percaté que el blasón con las armas de mi marido, el Marqués, tenía a ambos lados un hermoso astado de venado. Mi marido me llamó la atención sobre ello, cuando nos marchábamos, señalando con el dedo mientras me decía:
- Recuérdame cuando lleguemos a Madrid, que llamemos al pedrero para que nos repase y adecente el escudo de nuestra casa. Parece que está un poco erosionado.
Yo, para mis adentros pensé..."no te preocupes cariño, que las cornamentas de tu blasón ya te las he renovado yo con bastante tesón".

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