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Solas en casa 2
La claridad de la mañana inundó el dormitorio de los padres de Andrea. Al despertarse, Virginia se encontró abrazada a la cintura de su amiga, que seguía dormida. Estaban desnudas y con el pelo completamente revuelto. Estiró el cuello para mirar a Andrea en su sensual placidez y la encontró, por primera vez, hermosa (estaba buena, eran amigas y la quería, pero facialmente no era un bellezón, precisamente). Mientras se estrechaba a su sinuosa espalda y atrapaba su cadera con la pierna para sentir su piel cuan larga era, hizo capítulo de los acontecimientos de la víspera. Desde luego, habían gozado como nunca, pero le pareció que se habían limitado a las posturitas (pocas) de rigor.
Mentalmente enumeró todas las posiciones, situaciones y juegos eróticos que deseaba practicar con Andrea entre hoy y mañana, el "weekend" sólo para ellas. Se había despertado entonada y con ganas de marcha, pensamientos que terminaron de calentarla. Propinó un beso a Andrea en la nuca y se quedó un buen rato semiadormecida, con la cara hundida en su melenita desgreñada, respirando el agradable olor que desprendía. Aquella noche había tenido unos sueños que no sabría describir, pero con seguridad habían sido estimulantes y eróticos, en consonancia con el espíritu del momento. También tenía la ligera impresión de que había metido mano a Andrea o esta se la había metido a ella, semiiconscientemente, tal vez en ese nebuloso estado mental que puentea la vigilia y el sueño ligero.
Le entraron ganas de follar a Andrea por detrás, así, por las buenas. Su entrepierna se ayuntaba primorosamente con los glúteos de Andrea, originando un calorcillo provocador. Pero se le ocurrió otra cosa más interesante, que con Andrea dormida tenía verdadero interés experimental... además de que iba a proporcionarle el más dulce despertar de su vida. Con suavidad, deslizó la mano derecha por la entrepierna de su amiga hasta alcanzarle la vagina, un poco recóndita al estar Andrea en posición escorzada. Con redoblado sigilo tanteó el panorama. Los labios vaginales, que con gran deleite había saboreado la víspera, se encontraban orientados de manera que sus dedos podían hacer de las suyas en la confluencia. Su dedo corazón se abrió camino entre el no muy abundante vello púbico y palpó con la yema. La raja parecía estar seca y cerrada, lo que sugería que Andrea ni estaba excitada ni lo había estado en las últimas horas.
"Con que hemos bajado la guardia, eh ?. Pues ya me voy a encargar yo de ponerte a tono otra vez", musitó con sorna Virginia.
Empezó a pasar el dedo por entre los labios vaginales, lenta pero regularmente. Andrea al principio no se inmutó, pero de repente emitió un suspiro y se colocó en posición fetal, con la cadera izquierda totalmente apoyada en el somier. Virginia pudo retirar a tiempo el brazo, que de lo contrario habría quedado atrapado en la entrepierna, y empezó de nuevo. Bajo la sábana observó que Andrea tenía las piernas abiertas en tijera, con el culo casi en vertical y el chichi apetitosamente expuesto y a disposición, estirado por el muslo derecho que caía oblicuo hacia delante.
"Que bella perspectiva", se admiró Virginia. Pegada a la cabeza de Andrea, atenta a su mínima reacción, reanudó la paja. O lo estaba haciendo demasiado suave o la otra ya se había despertado pero fingía seguir dormida, pues llevaba un buen rato como si nada. Aceleró el ritmo y por fin arrancó los primeros gemidos, apagados y como provocados por una sensación onírica. A Virginia se le caía la baba con aquella broma libidinosa y se convenció de que Andrea empezaba a sentir un placer que su cerebro trataba a duras penas de justificar poniendo en marcha un sueño erótico de circunstancias. Pero se le terminó yendo la mano y Andrea se despertó. Con la boca abierta y algo atontada, durante unos instantes no supo lo que pasaba antes de apercibirse de que Virginia le estaba masturbando. Se la quedó mirando con ojos risueños, como pidiendo una respuesta, pero al punto se hundió en la almohada y se dejó hacer.
"Buenos días, dormilona !!", exclamó Virginia. "A que nunca te había despertado así ?".
"Mmmmm, eres una salida..."
Virginia le pasó el brazo por detrás de la cabeza y la sujetó el hombro izquierdo. Sin dejar de frotarle la vagina con su mano derecha besó a Andrea en la boca con dulzura, y esta, alargando sus brazos para tocarle los pechos, hizo lo propio con similar entrega. Entre una cosa y otra se fueron poniendo a cien y a Virginia le pareció oportuno proponer:
"Venga, vamos a hacerlo en serio, que me he despertado con un hambreee..."
"Yo, también. Quieres darme de desayunar ?".
Virginia indicó a Andrea que se tumbara boca arriba encima de ella para facilitar al máximo la paja. Andrea, con excelente ánimo, informó que esa postura era la primera vez que la practicaban.
"Sí. Vas a ver, es una gozada. Tú relájate y déjame a mí":
Virginia dobló el almohadón para usarlo como respaldo y se reclinó cómodamente con la espalda de Andrea apoyada en su pecho y vientre. Agarrándola por los sobacos, la subió un poco hasta sentir bien prietos sus pechos sobre sus encantadoras hechuras mientras que con las piernas atenazaba sus muslos. La tenía bien amarrada. La postura daba mucho juego, pues Virginia podía simultanear la paja con un magreo sin estorbos de los senos, sin dejar en ningún momento de hacerle diabluras con la boca en cuello y nuca. Sentir a Andrea así, con su culito espigado presionándole el bajo vientre, encendió en Virginia una hoguera de lujuria. Acometió la masturbación con redoblados ímpetus, no tardando la propia Andrea en unir su mano derecha en un bis-a-bis onanista. Mientras Virginia se empeñaba en joderla con su dedo anular, Andrea se frotaba el clítoris en un movimiento circular muy conveniente. Ello causó sorpresa en Virginia, que creía que el clítoris de su amiga no figuraba entre sus zonas erógenas activas.
"Vaya, vaya, vaya; ya me parecía a mí. Entonces ayer, porqué pasamos de tu botoncito siempre escondido?. No me digas que no te lo habías tocado antes. Esa mano sabe muy bien lo que se hace..."
Andrea no estaba para historias y nada repuso, pero mentalmente reconoció que hasta aquel momento no habían sacado partido de su clítoris para el sexo juntas. No tenía sentido, pues en sus masturbaciones en solitario, nada frecuentes, por cierto, sí solía dar cuenta del diminuto órgano. Gimiendo con creciente intensidad, su espalda había empezado a contorsionarse hacia atrás, la cabeza colgando sobre el hombro de Virginia y los ojos entornados. Virginia estaba no menos jadeante, pues en su movimiento ascendente y descendente el culo de Andrea estaba propinando a su sexo una suerte de sodomización sáfica mientras delante se representaba el coito con el dedo de Virginia en el papel de protagonista.
Las dos se ondulaban al mismo compás. Andrea resistía, pero Virginia deseaba acabar ya. Bajó también la mano izquierda, hasta ahora entretenida en los gruesos pezones de Andrea, para participar en la estimulación de la zona clitoriana. Convenientemente lubrificado a estas alturas, el ojete de Andrea pedía a gritos un calibre superior, tal que Virginia hundió dos dedos. Así potenciado y acelerado hasta el frenesí, el mete-saca llegó a feliz término con un orgasmo explosivo:
"Aaahhhg!!, aaaaaaaaaaaahhhhhh !!!".
Virginia sabía bien lo que se hacía y no dejó de masturbar, aunque ahora sólo la zona clitoriana -asistida en todo momento, mano sobre mano, por Andrea-, muy enrojecida por los recios frotamientos y el engrosamiento de los capilares que la irrigaban. A medida que Andrea se adentraba en la fase de relajamiento Virginia fue aminorando sus manipulaciones, hasta detenerlas en una suave caricia cuando aquella se recuperó del todo.
A Virginia le había faltado muy poco para tener su propio orgasmo, así que exigió su parte:
"Te ha gustado, querida ?. Pues ahora me toca a mí, que no veas como me has puesto..."
Andrea se giró con ademán de intercambiar las posiciones, pero lo que hizo fue abalanzarse sobre las tetitas de Virginia, que acogió el lance con un gritito de contento.
"Vale, vale, hala, antes te dejo chupar cuanto quieras, pero no te olvides de mi chichi, eh ?".
Andrea comenzó por acariciar los extremos de los senos y luego, con inesperada maestría, arrancó de los pezones su punto de erección óptimo a fuerza de pellizcarlos y de amagar con hundirlos suavemente en las marcadas areolas. Las tetas de Virginia eran pequeñas, pero muy bellas y de suave curvatura, guardando proporción con su armonioso cuerpo. Azuzada por Virginia, cuyas manos habían desaparecido en la completamente desordenado cabello de su amante, Andrea pasó a succionar a buen ritmo. La rubia se puso a ladear la cabeza como en un ejercicio de cervicales.
"Ahhh, pero que gustooo, Andreaaa..."
Como su vagina llevaba licuándose un buen rato retiró la mano izquierda de Andrea de su talle y se la llevó abajo.
"Sigue, sigue chupándolas pero méteme el dedo al mismo tiempo".
Andrea obedeció sin decir palabra y tras comprobar el lúbrico estado del sexo de su amiga hundió el dedo índice todo lo que pudo. Virginia presintió el advenimiento de su primer clímax del día, pero como quería correrse en la posición que lo había hecho Andrea, pidió volver al plan original. Andrea se separó de su busto con un rictus de saciedad tan cómico que Virginia se chanceó:
"Jo, a lo que veo tú ya has desayunado y comido hasta los postres".
"No creas, aún tengo bastante hambre. Venga, que voy a darte el segundo plato".
Andrea se situó detrás de su amiga, pero prefirió prescindir de apoyos y se tumbó directamente sobre el edredón. Virginia se colocó sobre ella también hacia arriba en posición horizontal y, dispuesta a abandonarse a su nirvana particular, estiró los brazos hacia atrás, dejándolos colgados sobre los hombros de Andrea. La morena, por inercia de su reciente trabajito mamario, destinó algunos minutos más a sobar las tetas de Virginia, que vistas así desde atrás parecían como mas grandes. Pero Virginia quería saltarse los preámbulos, así que Andrea -que se estaba comportando como "una niña mala que quería hacerle sufrir a la pobre Virginia" (sic)- hubo de pasar a mayores. Reprodujo los movimientos de la paja de ella, que tan excelentes resultados habían tenido, esto es, combinación de caricias en el clítoris y de hurgamientos en la vagina. Lo que otrora hubiera parecido complicado a la inexperta Andrea, ahora, gracias al cursillo acelerado de sexo que estaba recibiendo en las últimas horas, se le antojaba sencillo: se trataba de concentrarse en dar placer a su querida Virginia. Y dedos no le faltaban !.
En efecto, los dedos de Andrea operaban con un ajetreo tan enloquecedor que Virginia, si cerraba los ojos, podía imaginar que se lo estaban haciendo cuatro manos (experiencia que también llegaría algún día, también). Saltaba a la vista que su chica preferida estaba puliendo su propio estilo de trabajar chichis, que en parte seguía inspirado por el toqueteo caótico de su etapa de neófita.
"Dios, que placeeeer", exclamó inopinadamente en medio del habitual guirigay de gemidos y jadeos. Andrea seguía creyendo que Virginia era muy aparatosa en sus aspavientos. Por otro lado, sonreía con delectación al observar que, proclive a llevar la voz cantante en sus amores lésbicos, la otra estaba ahora a su completa merced, en actitud meramente receptiva. Se permitió hacer el payaso y con voz de chiquilla exclamó: "Me gusta ser una chica mala, así que voy a jugar con tu conejito hasta matarte de placer".
Virginia, presa del baile de San Vito, farfulló algo ininteligible. La doble estimulación de Andrea se estaba mostrando devastadora, aunque Virginia trataba de retardar el orgasmo tanto como le fuera posible. Sin embargo, la calentura presente desde que se había despertado y visto desnuda a Andrea junto a ella exigía a gritos ser aplacada, por lo que se destensó y dejó que viniera lo que tuviera que venir. Andrea, muy ladina, lo advirtió y aflojó bruscamente sus tocamientos. Virginia, tras unos segundos para aclararse la boca, saltó:
"Pero que putona estas hecha, pero que putona... A esto te referías cuando decías que ibas a ser muy mala conmigo ?. Pues ojo, porque como sigas así me va a dar un síncope".
Andrea nada añadió y sonrió enigmáticamente. Volvió a las andadas y guiada por los cambios de tono en el resuello entrecortado de Virginia creyó llegado el momento de aminorar y de obligar al orgasmo inminente a volver grupas de nuevo. Sin embargo, esta vez erró el cálculo. La propia Virginia se encargó de advertir:
"Ahhh, no te pares, no te pares ahora...!"
Andrea reanudó la paja a la velocidad del rayo, pero sin dejar desatendida la vagina. Virginia arqueó la espalda violentamente, notando Andrea que su tensión era máxima, y estiró la cabeza hacia atrás todo lo que le permitían los músculos del cuello. En el momento del clímax profirió un gemido estentóreo, casi un aullido, que sobresaltó a Andrea:
"Uuaaaaaaaaiiiiiiiii !!!".
Inevitablemente, los del quinto lo habían oído. El placer que experimentó Virginia fue apabullante, total, y se prolongó en una estela decreciente gracias a que Andrea, en felicísima actuación, seguía dándole caña a sus genitales. La mano de Andrea se detuvo por fin:
"Qué ?, lo he hecho bien ?, te..."
Virginia, echando hacia atrás los brazos hasta rodear del todo el cuello de Andrea, giró la cabeza e interrumpió la pregunta con un mórbido hociqueo. Sonriendo, besó a continuación sus ojos y su frente.
"Vamos a ducharnos".
Efectivamente, estaban sudadas y se sentían sucias (la víspera, tras a la sesioncita del sofá, se habían ido directamente al catre). Andrea comprobó que el calentador del gas estaba encendido y mientras Virginia se ponía las lentillas anunció que ella se duchaba antes. Nada más meterse en la bañera y empezar a enjabonarse vino Virginia, descorrió súbitamente el mamparo y con su sempiterno mohín pícaro en los labios se metió dentro. Andrea se quedó cortada, presa de un ridículo pudor.
"Hombre, te he entendido que nos duchábamos juntas... no me digas que con todo lo que hemos hecho ahora tienes vergüenza..."
Andrea se recompuso rápidamente dando la razón a su amiga. Sin duda se había tratado de una inercia del pasado, hasta cierto punto comprensible.
Bajo un chorro torrencial de agua tibia se deleitaron en enjabonarse mutuamente durante un buen rato. Luego a Andrea se le ocurrió probar con el dosificador del agua. Con gran divertimento, exploraron las posibilidades de estimulación sobre sus sexos, graduando la fuerza del agua y alterando su distancia y ángulo de proyección. Estaban de acuerdo en que producía un gustirrinín particular, difuso. Pero bien por las limitaciones de la cosa, bien porque estaban recién (y bien) corridas, no creyeron que les provocara un orgasmo por más que insistiesen. Volvieron a seleccionar la salida de agua por la pera y disfrutaron otros diez minutos dándose la lengua. Con el agua resbalando por sus cuerpos y metiéndose en sus bocas, darse el lote así era sumamente grato. Cuando vieron que las yemas de los dedos se les estaban arrugando con tanto solaz acuático, cerraron el grifo y salieron para secarse, ponerse unos albornoces y pasarse el secador. Se dirigieron a la cocina para desayunar con ganas. Encontraron unos croissants y como un par de colegialas estuvieron ofreciéndose "un bollo" mientras tomaban "la leche". Fuera por seguir la coña, fuera por el apetito abierto con tanto ejercicio, el caso es que se zamparon toda la repostería que la señora Asurmendi había comprado para su niña antes de salir de viaje.
Tras desayunar Virginia y Andrea hablaron animadamente de lo sucedido en las últimas horas, qué les había parecido, qué sensaciones habían tenido, comentando las jugadas y proponiendo otras nuevas. Luego de mostrarle Andrea a su amiga determinados objetos de su casa y algunas prendas de su vestuario, Virginia se dispuso a reconducir la charla al "asunto". Estando en el salón, desapareció un instante para acto seguido regresar con su bolso, cuyo escabroso contenido ya enseñara a Andrea la víspera pero del que hasta entonces no habían hecho uso.
Muy sonriente, se sentó en el sofá junto a su amiga y se puso a sacar cosas. Con teatralidad y ante la atenta mirada de su amiga empezó por enseñarle un número bastante atrasado de una revista pornográfica llamada "Cheri".
"Mira, mira que cuerpazo tiene este tío... y que polla".
El reportaje gráfico mostraba a una pareja en diversas posturas sexuales, con particular dedicación a la fellatio. Andrea nunca había ojeado este tipo de revistas, pero tampoco era nueva en lo que se refería a ver penes. Al menos conocía uno, el del chico con el que salía.
"Ah, ya veo, estás comparándola con la de Santi, eh ?...no te deprimas; de todo tiene que haber".
"Qué cosas tienes", respondió Andrea con un punto de acritud.
"Bueno, va, no te mosquees". Virginia se apresuró a restaurar la pequeña grieta abierta en la atmósfera de francachela, sabedora de que Andrea, por mucho que se despendolara en la cama fuera de ese escenario podía sentirse incómoda ante un exceso de procacidad. Mientras pasaba el brazo por su hombro se fue a otras páginas:
"Fíjate, aquí hay dos tías que se montan solas, como nosotras".
Efectivamente, el reportaje central de la revista era una profusión de fotografías a todo color con escenas de lesbianismo a cargo de dos hermosas modelos, una rubia y la otra morena. En silencio y para regocijo de Virginia, Andrea paseó su mirada inquisitiva por las imágenes hasta toparse con un fotogénico póster central, que retrataba un 69 realmente impresionante. Andrea puso gesto de ironía y dijo:
"Qué bonito. Lo voy a colgar en mi cuarto".
Estallaron en grandes carcajadas y antes de que pudieran calmarse Virginia, que no se perdía una, propuso:
"Quieres que veamos la cinta ?. Vas a ver, vas a ver...
Andrea tomó la película, que no tenía etiqueta ni carátula la funda, la metió en el video, la rebobinó hasta el principio y se sentó a la diestra de Virginia, expectante.
"Cintas porno tengo tres, las compré por correo contra reembolso. No veas lo bien escondidas que las tengo en casa. Es que no quiero ni pensar que pasaría si me las pillasen. Las otras dos son de las normales, pero buenísimas, ya las verás, ya... Esta es... estooo.. especial... la he traído a posta para esta ocasión. Y la revista... bueno, esa la compré en un kiosko. No creas, ya me costó ya, pero le eché cara a la cosa y al final me atreví. No veas la jeta que puso el kiosquero cuando me la cobró".
Andrea escuchó boquiabierta las explicaciones de su amiga. A ella ni se le hubiera pasado por la imaginación semejantes tejemanejes.
"Qué pasada. Eres una auténtica pervertida, eh ?. Vamos, yo, es que ni loca lo habría hecho, además de para qué coño querría estas cochinadas. Imagínate que alguien te ve comprándola. No me traería más que disgustos. Mira, además, eso sólo lo compran pajilleros".
"Bueno, ya, pero era por probar. Te juro que no me arrepiento. Pero mira, mira la peli..."
Aparecieron los créditos. Se llamaba algo así como "No Boys Allowed". Andrea iba a cursillos de inglés y no dudó de sobre qué iba la película. Taladró con la mirada a Virginia:
"Virgi !!, qué me has traído, tía ?".
Sin más ni más aparecieron dos chicas dándose el lote para acto seguido regalarse con una sesión de sexo de lo más explícito. Los ojos de Andrea se abrieron como platos.
"Haaala, menuda guarrería. Pero, es todo así ?".
"Claro, pero, por favor, no me digas que no te mola ver esto. Espera a ver esta escena. Hay una tía que está de muerte. Lo que daría por tirarme a una como esa".
"Tú, es que eres una salida. No sé que voy a tener que hacer contigo".
Virginia estaba más agitada que una fan de Julen Guerrero a la salida de vestuarios. Mientras su mano izquierda enredaba nerviosa en su melena, la derecha no daba tregua al mando a distancia con velocidades rápidas, congelaciones de imágenes y reproducciones normales. La película era subidita de tono y cargaba las tintas en los primeros planos. Virginia se regodeó en pasar íntegramente a Andrea sus trozos favoritos. Esta visionó todo con ensimismamiento creciente y abortó con éxito un amago de sofoco en sus mejillas. Sólo opuso una pega, típica de ella: bajar el volumen cuanto fuera posible... aunque, sin duda, para concierto, el que habían ofrecido ellas ya !.
Como colofón, una desmadrada orgía con todas las actuantes compitiendo por llamar más la atención. Virginia escogió el momento para desabrocharse el albornoz y abrirse de piernas en el sofá. Andrea, que se había apropiado del videomando, ni se dio cuenta que la otra había empezado a imitar a una de las actrices más sexys, enfrascada en un "solo" mientras las demás se lo hacían por parejas y a la que la cámara encuadraba de cuando en cuando. Harta de no ser correspondida, Virginia se irguió, cogió a Andrea por el brazo, le quitó el mando y la arrastró a su regazo para besarla. Andrea estaba por la labor, pero quería hacerlo mejor:
"Espera, voy a rebobinar hasta el principio. Hagámoslo mientras vemos el video".
"Ya sabía yo que la cinta te iba a gustar, ya, aunque no tanto... parece que tendré que prestártela una temporada..."
Andrea respondió a las contumaces ironías de Virginia con un mordisco en el cuello que le dejó un buen cardenal, mientras clavaba los dedos en su omóplato. En un pispás ya estaban en pelota picada y brincando en el sofá, en parecida posición que el día anterior, mientras no perdían ojo de la bacanal del video. Fue de lo más excitante. Virginia, mientras se follaba el muslo izquierdo de su amiga, preguntó que pasaría si se presentaran los viejos de Andrea en ese momento y las pillaran así. Andrea, separando por un instante la boca del pezón de aquella, no pudo reprimir un gesto de horror. Se acabó la escena orgiástica y Virginia alcanzó el mando para rebobinar hasta su escena favorita, un dúo en el jardín de un bungalou. Mientras contemplaban a aquellas preciosas ondinas mojadas, amándose al borde de la piscina, se sintieron más húmedas aún, sus cuerpos más pegajosos y sus bocas más anhelantes. Se lo estaban pasando bomba cuando, de repente, sonó el timbre de la puerta.
Andrea dio un respingo violentísimo y Virginia no le fue a la zaga. Completamente precipitadas, se incorporaron, se pusieron los albornoces, pararon el video y ordenaron al buen tun-tún los cojines del sofá. Sin pensar casi en lo que hacía, Andrea escondió la revista debajo de la alfombra. Indicó a Virginia que se quedara allí sentada sin decir ni mú, se calzó y de puntillas avanzó hacia el hall para mirar por la mirilla. Era la vecina de la mano de al lado. Esforzándose en ofrecer la mayor naturalidad y con el corazón todavía acelerado, abrió la puerta.
"Hola, oye, me puedas dejar un momento la batidora, que voy a hacer mayonesa y la mía, no se qué le pasa que no funciona bien. Ahora te la devuelvo".
"Si, claro, espera un momento. Es que me estaba duchando".
Camino de la cocina Andrea se tropezó con la mirada interrogante de Virginia desde el salón:
("Tchss, pero quién es ?")
"Nada, tranquila".
Sacó el electrodoméstico del armario y volvió a la puerta.
"Ay, gracias. Tus papás se han ido a vuestra casa en el pueblo, no ?".
"Sí. No tengas prisa en devolvérmela, que yo me marcho ahora. Mañana la traes, si quieres, eh ?."
Sonó el portazo. Con cara de pocos amigos dejó caer el albornoz y volvió con Virginia:
"Quien coño era ?"
"Estúpida, siempre dando la vara... Más inoportuna imposible. Nada, una vecina. Dios, qué susto que me ha dado."
"Joder, a mi también".
"Tus papás, tus papás"...ni que fuera una cría de 11 años, coño".
"Va, olvídalo. Uy, voy a sacar la revista de debajo del sofá, no vaya a ser se nos olvide y la descubra tu madre cuando haga limpieza".
Intentaron volver al punto en que lo habían dejado, pero ya no era lo mismo. Era como si hubiesen vuelto de su ensimismamiento y tuviesen que empezar otra vez. Sus sexos no se habían destemplado, pero sus cerebros seguían pendientes del suceso reciente. Tácitamente renunciaron a intentar correrse y se conformaron con darse caricias y besitos mientras seguían abrazadas. Andrea tuvo la ocurrencia de lamer los labios de Virginia con la punta de la lengua y esta la imitó, hasta quedarse entretenidas jugando con sus estiletes, como en un duelo de esgrima. A Andrea le sobrevino otro de sus arrobamientos románticos y Virginia, contagiada, le confesó cariñosamente que ella era su chica, que siempre lo sería. Ya se sabe, esas confidencias sinceradas por lo mágico del momento. Desde luego, Virginia no tenía ninguna intención de guardarle fidelidad eterna a Andrea en sus relaciones homosexuales. No se perdonaría el romper con su amiga, pero al tiempo desearía y buscaría montárselo con otras en cuanto tuviera ocasión. Sin conocer la realidad del ámbito y seguramente influida por mitos televisivos y sociales, a Virginia se le había metido en la cabeza que la universidad era un hervidero de bolleras... y de tíos buenos de vasta experiencia en los asuntos de cama.
El duelo de lenguas degeneró en concurso de sorbos y pronto se llenaron de babas. Tuvieron que limpiarse lo mayor con un pañuelo. Virginia miró la hora: "las dos ya, hora de comer !" .Se les había pasado la mañana en un periquete.
Andrea propuso llamar a un telepizza y ventilar el almuerzo sin mayores complicaciones. a lo que Virginia asintió encantada. Se vistió más decentemente para abrir al repartidor (al que, con gran risa de Virginia, describió como un "tío buenorro") y comieron sin novedad.
Tarde del sábado. En principio aún les quedaban bastantes horas para hacer cosas aquel fin de semana, pero, hablando hablando, llegaron a una importante conclusión. Los padres de Andrea no habían concretado a qué hora aproximada iban a volver el domingo, si por la mañana o por la tarde. Los de Virginia habían confirmado que saldrían pronto de Madrid para comer en casa. Unas horitas más de match sexual no merecían la pena el terrible sofocón (no, la palabra no era suficientemente descriptiva) de que las pillaran en bolas por la casa o, aún peor, en la cama. Decidieron excusar riesgos y concluir su fin de semana aquel mismo sábado: esa noche cada una dormiría en su nido. Por tanto, convenía aprovechar bien el resto del día.
Tras estudiar el video de Virginia tomaron nota de las escenas de 69s y de penetración con objetos. Y es que Virginia, dándose una palmada en la frente, se acordó de su querido falo de látex, picante regalo cortesía de un no menos picante noviete que se echó no hace mucho (su relación, puramente sexual, fue tan superficial como alegre y libre de compromisos, el mejor rollo que había tenido Virginia, en su opinión).
Andrea examinó con impudicia el objeto, de color negro azabache y untuoso y grato al tacto Reproducía fielmente una polla muy grande (o eso le parecía a ella), con su glande, sus nervaduras y su escroto. Mientras Virginia se le insinuaba rozándole la entrepierna con el viril juguete por encima de las bragas, Andrea confesó que le apetecía un poco de marcha y propuso montárselo en su cuarto, que era amplio y estaba libre de impedimentos al tener la cama abatida en el armario. Cubrieron la alfombra con todos los edredones de casa, se despojaron de lo poco que llevaban encima -excepto los calcetines, blancos, de esos de tenista- y se sentaron en el suelo.
"Bueno, por dónde empezamos ?", preguntó Andrea.
Virginia tomó el falo, se lo metió en la boca y empezó a chuparlo con voluptuosidad, sin dejar de mirar a los ojos de Andrea. Esta se sintió súbitamente cachonda y cogiéndola por la cintura empujó a Virginia hasta tumbarla. Se le subió encima, le cogió la nuca con la mano izquierda y le apartó el pene de la boca para besarla húmedamente, con gran algarada de chasquidos y chapoteos. Besar a Virginia era su droga !. Se abrazaron reciamente para morrearse con furia y a sus caderas les dio por follar, pero aún no era eso lo que querían. Separaron sus bocas, tan pegadas que habían hecho un poco de ventosa y salieron disparadas algunas salivas. Virginia volvió por sus fueros felatorios y Andrea decidió ayudarla con su mano derecha en la sujeción del miembro, mientras con la izquierda desde la nuca le empujaba el morro hacia arriba. Al tiempo que lo hacían se miraron directamente a los ojos, con saña, con pasión, a quemarropa, como pugnando por forzar a la otra a que bajara la mirada. En realidad, aquel sería uno de los más intensos e inolvidables momentos de la historia de sus vivencias sexuales.
Virginia seguía erre que erre, trabajándose la polla como un polo de fresa, con las piernas semiabiertas oscilando hacia los lados y con los pies apoyados en el mullido suelo de edredones. Andrea se separó un poco para mejor contemplarla. Virginia estaba irresistiblemente sexy, como una Lolita tan perversa como inocente:
"Virgi, querida, no sabes lo hermosa que estás".
Insinuante y a cuatro patas, como una tigresa en celo, Andrea se aproximó a su amiga, que así se lo indicaba con el dedo como pidiendo más guerra. Con delicadeza, pero con avidez, se sentó sobre sus talones, tomó una de las piernas de Virginia por los tobillos y la colgó sobre su hombro para lamer a placer sus dorados muslos de albaricoque, tan sensuales por el morenazo veraniego y la pátina de sudor que no haberles pegado un digno repaso habría sido anatema. Degustó el dobladillo de la pierna (Virginia no imaginaba que esa zona fuera tan sensible) y luego, reproduciendo fielmente lo que había visto en la película, fue acercando la lengua en mórbidos lametones hacia la ingle. Nueva parada y nueva degustación. Abrió los ojos para contrastar las cosas que oía y vio a Virginia chupándose el dedo mientras que con el cipotón se acariciaba los pezones. Su expresión era de vicio total. Le chupeteó un poco el clítoris, después le arrebató el pene y mientras procedía a succionarlo se sentó sobre su vientre y se puso a cabalgarlo con parsimonia. Virginia empezaba a respirar pesada y ruidosamente, con la cadencia que ya le era familiar a Andrea. Vista desde abajo, cimbreándose en su mamada, mirándola desafiante, con las tetas colgando y el pelo cubriéndole parte del rostro, Andrea le pareció a Virginia una especie de diosa. Se sintió de todo corazón halagada cuando su amiga se lo dijo.
Sus cuerpos empezaban a moverse al compás. Andrea tuvo el lance inesperado, muy obsceno por su parte, de ir arrastrando su montura por el pecho de Virginia hasta dejarla caer pesadamente sobre su boca. Al instante sintió como la lengua de la rubia se abría paso dentro de su vagina, como la anguila remonta el río. Las manos de Virginia se alzaron a su vez y tomaron los senos de su amante. Luego bajaron para abrir los labios vaginales y facilitar la penetración, y finalmente reanudaron los sobamientos pectorales.
Andrea estaba muy salida y inquieta. Incomprensiblemente, puesto que aquello ya se había hecho, separó su vagina de la boca de Virginia -que se quedó anhelante y abierta como al lactante que le acabaran de arrebatar el biberón- y le introdujo el cipote de marras todo lo que pudo, cuan grueso era. A Virginia le extrañó el cambio pero le siguió la corriente y con ayuda de ambas manos imitó una fellatio con muy aparatosas succiones. La cosa es que Andrea lo quería todo al mismo tiempo y halló la fórmula. Le quitó otra vez el pene a Virginia, se giró 180 grados, colocó su vagina (muy dada de sí ya) donde tenía que estar y se concentró en la entrepierna de su amiga, a la sazón abierta al máximo para facilitarle a Andrea lo que tuviera a bien hacer, que ya era hora.
Las acciones se sucedían sin palabras. Ni falta que hacía. Andrea volvió a sentir un placer estremecedor en su sexo, gracias a que Virginia ponía gran esmero en su festín sorbiendo todos los recovecos del área clitoriana y los labios interiores y exteriores de la vagina. Qué fantástico culo tenía Andrea, qué gustazo acariciarlo y apreciar la redondez de sus glúteos !. Pero venían más gustazos. Andrea, fiel a su papel de "chica mala", se emperraba en no metérsela a Virginia, pese a las incitantes ondulaciones de su pelvis, y se dedicaba a masturbarle el clítoris con la punta del juguetito. Virginia intensificó sus desesperados ronroneos:
"Ommmnnff, omnnnnff, mmnnnnff".
Andrea estaba más trabajada -de hecho en los últimos minutos se había desentendido del chichi de su amiga por culpa de la culebra que se agitaba en el suyo-, y se corrió en la boca de la rubia con una nunca experimentada mezcla de orgasmo y escalofríos, otra clase de placer difícil de explicar. Virginia apreció en sus labios las ventajas de comer un chochito así, en vertical. Recibió de lleno una exhalación de efluvios vaginales y, precipitadas por la gravedad, algunas mínimas eyecciones de esperma, lubrificante uterino o lo que fuera aquella secreción. Se embriagó y pensó que tomarse un chupito de aquel jugo sería un colocón superfuerte. Como entre goce y goce venía fantaseando con rápidas escenas de sexo con otras mujeres, trató de imaginar lo que podría llegar a ser el comer un coñito mucho más generoso con sus eyecciones. Aminoraban ya las convulsiones pos-orgásmicas de Andrea sobre su rostro. Virginia acertó a decir:
"Ahhh, que cosa más rica, Andrea !"
Esta se echó atrás el pelo en un gesto de determinación y casi a traición introdujo el pene en la vagina de Virginia, tan mojada y resbaladiza que engulló al visitante en buena pieza. Para asombro de Andrea, un empujoncito extra no topó tampoco con obstáculos y el miembro, gracias a que era muy flexible y se doblaba con facilidad, desapareció hasta casi la empuñadura:
"Caramba, Virgi, menuda capacidad de acogida !"
Un lenguaje tan artificioso en un momento como aquel sólo podía ocurrírsele a Andrea:
"Oye tía, ni que fuera un aeropuerto. A ver, tú que tanto sabes, has leído algo de lo del furor uterino ?. Pues eso es lo que me pasa. Mi chichi quiere que le des caña !!".
Andrea obedeció y empezó a follar asiendo la verga con las dos manos. El mete-saca se aceleró siguiendo el ritmo del jadeo de Virginia y el orgasmo no se hizo esperar. Nada más pasar el clímax (estentóreo, como siempre) Andrea sacó el plástico y remató faena con los dedos.
La cosa es que pasado menos de un minuto de calma, de repente Virginia, en vez de continuar más tiempo grogi como cupiera esperar tras tan aparatosa follada, se puso como loca: tiró con fuerza a Andrea (que seguía sentada sobre su estómago mientras relajaba sus brazos cansados de tanto ajetreo jodedor), la tumbó cara a ella y empezó a absorber su boca con ofuscación vampírica. Tan pronto como se sintió mejor de fuerzas, entrelazó las piernas alrededor de su cintura y en un violento giro dio la vuelta a las dos. Sin dejar de besar todo lo que Andrea pusiera a su alcance y extremadamente frenética, Virginia pasó a acometerla con agresivos movimientos de pelvis: Aún quería follar !.
A Andrea le pareció que habían llegado a una situación puramente instintiva y desmadrada: sexo salvaje y nada más. Con la adrenalina batiendo en sus sienes, se sumergió valiente en el desenfreno impuesto por Virginia. Los poros de sus pieles arreciaron la sudoración, sus jadeos se tornaron sincopados. Empezaron a rodar y a revolcarse por el cuarto sin orden ni concierto, besándose y achuchándose como dos enajenadas. A Virginia le había desaparecido el carmín de los labios, ni siquiera le quedaban manchas en las comisuras, y Andrea estaba más desmelenada que ni le hubiese pasado un vendaval. Alternativamente se colocaron a horcajadas sobre el muslo de la otra y frotaron sus almejas en sucesivas pasadas a todo lo largo de la ingle. No se sabría decir si aquello era una masturbación, una cópula o una pelea. Qué más daba. Era todo eso al mismo tiempo y mucho más.
El placer lo invadía todo, venía de todas partes. Con unos cuerpos flexibles como los suyos no fue difícil poner en contacto directo sus sexos, acoplando adecuadamente sus entrepiernas abiertas y haciendo palanca con los codos. Sus vaginas se trabaron en un apasionado beso, irregularmente interrumpido según sus dueñas se movieran demasiado o perdieran el equilibrio por las convulsiones. Vinieron nuevos orgasmos.
Luego ya se enredaron en un 69. A Andrea le tocó debajo y se admiró de la impoluta entrepierna de Virginia. Como ya pasaba de todo incluyó en su comida la región anal. Virginia quiso agradecérselo con algún trabajito especial, pero no supo en qué podría consistir: ya llevaba todo el rato arreándole un trabajito especial al chomino aromático de su amiga. Curiosamente, se habían olvidado completamente de la polla de látex, que permanecía pringosa abandonada en un rincón. En un interludio, Virginia carraspeó y dijo:
"Oye, si te propongo una cosa, aceptarías ?".
"Uyuyuy... a ver con qué me sales ahora... venga suéltalo".
"Pues, que se me ha ocurrido que podríamos... estooo... probar un 69 con unos... unos plátanos".
"Plátanos !?, los que están en la cesta de la fruta ?".
Andrea se tomó una pausa valorativa. Era una guarrería increíble, pero no vio inconveniente. Es más: se moría de ganas de hacerlo.
"Uao, es muy fuerte, pero venga tía, por mí sí".
Virginia se levantó rauda. Desde el momento en que viera aquel frutero bien provisto después de comer, los plátanos se le habían quedado grabados en la mente. Regresó con un par ya pelados y se acopló con Andrea.
"Toma el tuyo. Que cada una haga lo que se le ocurra".
Pues bien, lo de los plátanos ya fue el no va más. Virginia, luego de ensalivarlo bien, optó por meterlo sin miramientos. Qué bien se deslizaba !, pero extremó el cuidado para evitar romperlo o deformarlo, tarea nada fácil, por cierto. Andrea destinó su tiempo a masturbar el clítoris de Virginia con un extremo de la banana antes de, en el colmo de su lascivia, metérsela y dosificar la penetración sólo con la boca, mordiendo un extremo de la fruta a tal fin, en uno de los más lúbricos y suaves mete-sacas nunca vistos. Fundidas en un sólo cuerpo, plátanos, bocas, vaginas y dedos agitándose, vibraron al unísono en un placer indescriptible que no se podía aguantar. Caóticamente, los experimentos de la una arrancaban los sobresaltos de la otra, el ritmo se desintegraba, las acometidas se tornaron aleatorias, los plátanos se hicieron cisco y las vaginas se pusieron perdidas.
Vino, inundándolas, conmocionándolas, el éxtasis.
Aflojaron los músculos y se desplomaron. No podían moverse, no podían hablar. Estaban derrengadas y exhaustas, pero radiantes de felicidad. Con la mirada en el techo, sonrieron por haber hecho de aquel fin de semana sólo para ellas el más maravilloso de sus vidas.

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