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La noche con mi cuñado
Llevaba planeándolo mucho tiempo. Cuando se alcanza una cierta madurez sexual en la pareja, alguna experiencia fuera del matrimonio no es sino un elemento adicional de excitación. Así pues, tenía todas las bendiciones de mi marido, para tener un rato de sexo, con la intensidad que yo quisiera y con quien quisiera. No oculto que la situación implicaba que él podría hacer lo mismo. Ambos estábamos seguros de que comentar nuestras experiencias después, mientras estuviésemos haciendo el amor, convertiría polvos más o menos intensos, en verdaderos polvazos, vehementes y descontrolados.
La idea había surgido a base de introducir en nuestra relación fantasías con personajes reales, que le dan más morbo a la situación; y ya se sabe que del dicho al hecho, va justo ese trecho que ahora queríamos, al menos yo, recorrer. Además de las fantasías, quería experimentar en vivo la excitación que me imaginaba me iba a recorrer de arriba abajo al sentirme al lado de alguien a quien, con intensidad casi animal, quería follar. ¿Sería cierto que con solo estar delante de esa situación mis jugos llegarían hasta las rodillas?; ¿sería cierto que en esos momentos una es capaz de hacer lo que nunca se ha imaginado que pudiera?.
El hermano de mi marido y yo hemos tenido siempre una comunicación normal. El también está casado y con frecuencia hemos tonteado, aunque sin más. Gracia por aquí y por allá, pero sin pasar de ahí, porque la cosa no daba para más. Al plantearme esa fantasía que quería convertir en realidad, inicié la búsqueda de candidatos. ¿Con quién? Mi cuñado me pareció perfecto. Me parecía atractivo y además era discreto, vamos, que su situación familiar tampoco le hubiera permitido alardear de haberse llevado a la cama a su cuñada. Decidido. Quería follarme a mi cuñado. Comencé a tontear más intensamente, y a introducir comentarios medio picantes en nuestras bromas cotidianas. A él le iba la marcha, porque entraba al trapo en todas. Me divertía la situación, era como si de nuevo tuviese que esmerarme para ligar a alguien. En las reuniones nos sentábamos uno al lado del otro, si nuestras piernas se encontraban debajo de la mesa, ninguno la separaba; broma va, broma viene, a la que teníamos oportunidad parece que nos buscásemos las manos, o que nuestros brazos se enroscasen en las cinturas. Divertido, explicable y afectuosamente normal, aunque cada vez mi sexo se mojase más con esos jueguecitos.
Este verano las dos familias alquilamos una casa juntos. Mi marido se había ido a jugar al tenis y el resto de la gente, niños incluidos, estaba en la playa. Me quedé en el apartamento porque me tocaba a mí arreglaro; iría más tarde a la playa. Estaba haciendo mi cama cuando apareció mi cuñado. No sé si me asustó, porque creí estar sola, pero mi sexo de nuevo comenzó a humedecerse. No había salido de lo absorta que estaba cuando sentí cómo detrás de mí sus manos me tomaban por la cintura mientras me daba un beso de buenos días en la mejilla. ¿Qué tal has dormido, cuñada?. Pues mira, bien, y precisamente aquí. Mientras tal cosa decía y ya presa de una incontrolable excitación, me tumbé en la cama para señalarle en dónde había dormido. Se sentó al borde de la cama y dijo "pues a mí me gustaría dormir aquí ". Me armé de valor y dije "bueno, pues o cambiamos de habitación, o de pareja". Su boca buscó la mía; el beso fue rápido. Había sonado el timbre y había que abrir. "Tenemos que continuarlo" dijo al salir de la habitación. "Está bien, respondí, pero hagámoslo en condiciones". Creo que el chico del supermercado evitó que me tirase a mi cuñado en aquel momento. ¡Cómo estaba de excitada!, ¡cómo me latía el corazón de rápido!
Una tarde después de comer, yo me salí a la piscina a tomar el sol, el resto de la tropa estaba haciendo planes para ir a algún sitio, pero como no llegaban a un acuerdo, mi cuñado se fue a dormir la siesta. Al cabo de un rato, se acercó a la piscina mi cuñada y me dijo, "¿hacemos cambio un rato?"; ¿qué cambiamos?, le dije yo, medio aturdida por el sol. Impertérrita me espetó "familias; me llevó a tu marido, que conoce la tienda a la que quiero ir y tiene el coche grande y tú te quedas con el mío, que esta durmiendo la siesta, y con los niños, que están en la playa. No olvidéis ir a buscarlos". "Joder con el cambio, se me escapó, recuérdame que no vuelva a aceptar", dije. "¿Y eso cuánto va a durar?". "Una hora, precisó, pero no olvidéis que hay que ir a buscar a los chicos".
Vaya hombre. Que oportunidad. Los niños en la playa y mi marido y su cuñada fuera durante una hora. El corazón empezó a latir fuerte otra vez. Mientras pensaba qué hacer, me tumbé a tomar el sol sin sujetador. Aunque tenía los ojos cerrados, estaba segura de que era mi cuñado el que acababa de llegar. Ni me inmuté. "Estamos solos y tenemos toda la tarde por delante", dijo. "Ni lo sueñes, tenemos menos de media hora, porque hay que ir a por los chicos a la playa".
Se tumbó conmigo en la toalla, mirándome fijamente, mientras con sus manos me iba recorriendo el cuerpo; nuestras caras se fueron juntando cada vez más, hasta que las lenguas se encontraron, fundiéndose como si fueran una. ¡Que beso!. ¡Qué carga de erotismo!. Nuestros cuerpos estaban ya tan juntos, que ocupaban el espacio de uno solo. Sus manos recorrían mi pecho, pellizcaban mis ya duros pezones; mi sexo nadaba en humedad, tanto que le eché la mano a su miembro...¡cómo estaba de empalmado!. Le bajé la cremallera del pantalón, saqué aquel inmenso falo y me dediqué a masajearlo con fruicción. El tiempo había pasado y los niños esperaban.
Cuando llegó mi marido, se lo conté. Le dije que iba a tener mi experiencia allí y con su hermano. Estuvo de acuerdo porque era mi deseo y relatándole la escena tuvimos unos buenos orgasmos. Nos vestimos para cenar y quedamos en idear un plan, pero el verano acabó y cada familia se volvió a su casa.
A principios de otoño, yo tenía un viaje por motivos de trabajo, precisamente a Madrid, donde viven ellos. Entre mi marido y yo ideamos el plan. Yo iría en avión el jueves y él llegaría por carretera el viernes. Los niños se quedarían con los abuelos y nosotros dormiríamos en casa de su hermano. El poner el plan en marcha me aceleró tanto como el beso del verano. Mi marido marcó el número de teléfono de su hermano y me lo pasó: "el jueves por la noche duermo en el Meliá-Princesa; ¿te apetecería acabar lo que empezamos este verano?", le pregunté. Podía notar su nerviosismo; me dijo que sí, que por supuesto, que iría a buscarme al aeropuerto. "No, porque voy con gente de la oficina y saldremos directamente a una reunión. Yo te llamo al móvil al terminar".
El tiempo se me pasó volando, tenía una gran excitación. Iba a tener ese sexo distinto que había estado buscando. Mi marido me dejó en el aeropuerto, me dio un beso y me dijo "¡disfrútalo!".
Por fin la reunión terminó. Lo llamé y quedamos. Cuando yo llegué, ya estaba allí, esperándome en la puerta. Después de saludarnos, entramos y nos sentamos a cenar. Todo a partir de ahí fue sexo, ya fuera por la charla, ya por los toqueteos bajo la mesa. Tardamos muy poco en cenar y nos fuimos al hotel, tomamos la llave en recepción y nos dirigimos al ascensor. Al cerrarse la puerta del ascensor me di cuenta que mi excitación tenía dos motivos, sexo y nerviosismo.
Al cerrar la puerta de la habitación tras nosotros pareció como si tocaran un botón y supe que había llegado el momento. Me fue desabrochando los botones de la blusa mientras sus dedos tocaban levemente el pecho; me la quitó y me tumbó en la cama; me fue acariciando y mordiendo la espalda mientras me soltaba el sujetador, que me quitó con mucha calma dándome la vuelta. Sus manos jugaban, pero no tocaban; su boca besaba, pero no mordía. Cuándo bajó la cremallera de mi pantalón, sus manos se metieron dentro y cuándo llegaron a mi sexo, noté cómo me había mojado. Me quitó el pantalón y quedé de pie frente a él, que sentado en la cama mordía mi barriga y me tocaba todo el culo, escasamente escondido por mi tanga. La calentura y la excitación me salían por los poros cuando sus dedos deslizaron el tanga hasta el suelo. Ya desnuda, comencé a desnudarlo, mucho más rápido que lo que él lo había hecho; lo mío no era un ritual, sino necesidad irracional. Fui quitándole las prendas y tirándolas en el suelo hasta quedarme inerme y extasiada delante de aquel aparato que reventaba en su propia piel.
Con los lametones que le día a aquella inmensa cosa y los que el me dio a mí a continuación creí que me iba a correr, mi sexo estaba lleno de jugos, tire de él hacia arriba, me lo puse encima y poco a poco fue entrando en mí; me embestía con mucha fuerza y llegaba hasta el mismo fondo, como si quisiera romperme. Cambie de postura y me puse yo encima. Al principio me ponía su aparato a la entrada de mi coño y sin entrar del todo jugaba a tenerlo allí, como dispuesto para lo que vendría a continuación, pero cuando me empezó a tocar y a chupar los pezones, me lo metí hasta el fondo. Me chupaba, me pellizcaba y yo cada vez entraba y salía de él más aceleradamente, hasta que me corrí. Sin dejarme recuperar, me puso a cuatro patas, y entró de nuevo hasta el fondo de mi sexo mientras con mis manos alcanzaba a tocarle por debajo los huevos; se aceleró mucho y se corrió inmediatamente.
Quedamos tumbados y fumamos un cigarrillo. Pero al cabo de un rato yo me fui a la ducha. Entró conmigo y apretándome por detrás su dedo empezó a buscar mi clítoris, que no tardó en encontrar. Le respondí echándome hacia atrás y aprisionado su sexo con mi culo; era como si le hubiera incitado a seguir y como estaba en posición de ataque, atacó. Me fue dilatando el culo con el jabón y empezó a empujar y empujar hasta que consiguió entrar del todo, al tiempo que su mano derecha me frotaba el clítoris. Para sentirlo mejor, me incliné hacia delantey para no dejar nada desocupado me acaricié yo misma, el pecho con una mano y el clítoris con la otra; fue tan sublime que llegué rápidamente al orgasmo, un poco antes de que el se vaciara dentro de mi culo.
Terminamos de ducharnos y nos tumbamos en la cama porque era tarde ya; hicimos amago de quedarnos a dormir, pero había que aprovechar la oportunidad y el momento, por lo que fui yo la que empezó a acariciarlo de nuevo antes de que se durmiera. De nuevo se empalmó descomunalmente, se puso encima de mí y abrí las piernas todo lo que pude, apretándo su culo para que entrara más y más rápido en mi mojadísimo coño. Me entusiasmaban sus embestidas y a él ese dedo que le metía por su culo; cuando después de cambiar varias veces de postura acabamos de pie y contra la pared, al oírle decir "me vas a correr", la que se corrió fui yo.
Nos despedimos temprano. Me había entusiasmado la experiencia; lo habíamos pasado de maravilla y había aprovechado mi oportunidad para follar como una loca. Solo me quedaba volver a casa para contárselo a mi marido. Desde entonces, recordar esa noche nos ha servido para follar intensa y violentamente. No volveré a intentarlo, pero si me atacan...

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